Tratado del amor de Dios. Del memorial de la vida cristiana de Fray Luis de Granada.



QUÉ COSA SEA CARIDAD Y DE LOS FRUCTOS Y EXCELENCIAS DELLA


PORQUE nuestro principal intento en este libro ha sido formar un perfecto cristiano con todas las virtudes y partes que ha de tener, ya que hasta aquí habernos tratado de todas las otras virtudes que para esto se requieren, resta que tratemos agora de la más principal, que es la caridad, en la cual consiste la perfección de la vida cristiana, con cuya perfección se alcanza la perfección desta vida. Para lo cual diremos primero de la excelencia desta virtud, y luego de la perfección della, y después de los medios por do esta perfección se alcanza.


Pues cuanto á lo primero es de saber que (como dice Próspero en el libro de la Vida Contemplativa) caridad es una voluntad recta, apartada de todas las cosas perecederas y unida con Dios, abrasada con el fuego del Espíritu Sancto (de quien ella procede y á quien se ordena) libre de toda inmundicia, ajena de corrupción, señora de toda mudanza, levantada sobre todas las cosas que carnalmente se aman, la más poderosa de todas las afecciones, amiga de la divina contemplación, vencedora de todas las cosas, sumario de todas las buenas obras, fin de los mandamientos celestiales, muerte de los vicios, vida de las virtudes. virtud de los que pelean, corona de los que vencen, armadura de las ánimas sanctas, causa de todos los merescimientos, sin la cual nadie agradó á Dios, y con la cual nadie le desagradó, fructuosa en los que comienzan, alegre en los que aprovechan, gloriosa en los que perseveran, victoriosa en los mártires, y trabajadora continua en todos los fieles. Hasta aquí son palabras de Próspero, por las cuales en alguna manera se declara brevemente qué cosa sea caridad, y cuan grandes sean los fructos y excelencias della.

Mas la mayor de todas sus excelencias es ser ella la mayor de las virtudes y el fin y sumario de todas ellas. De lo cual tenemos argumento en la dignidad de aquellos supremos espíritus que llaman serafines, en los cuales señaladamente resplandesce la caridad más que en todos los otros coros de ángeles, y por esta causa tienen el supremo lugar entre todos ellos, porque los exceden en esta virtud, que es la mis alta de las virtudes. Y á esta orden dice San Gregorio que pertenecen en su manera todos los que en este mundo arden en amor de Dios, por estas palabras: Hay algunos que encendidos sus corazones con la contemplación de las cosas celestiales’ arden en el deseo de solo su Criador, ninguna otra cosa deste mundo desean, y con solo el amor de la eternidad se sustentan, desprecian todas las cosas terrenas, traspasan con el espíritu las cosas temporales, aman y arden, y en ese mismo amor descansan: amando arden, y hablando encienden á los otros, y á lo que con sus palabras tocan, luego también los hacen arder. Pues ¿cómo llamaré á éstos sino serafines, cuyo corazón convertido ya en fuego, resplandece y abrasa? Hasta aquí son palabras de San Gregorio.

Tiene también otra grande excelencia la caridad, que es (como dice S. Augnstín) llamarse el mismo Dios caridad: de dónde nasce participar ella una grande semejanza con el mismo Dios. Por dónde así como Dios es todas las cosas, así también la caridad en su manera es todas las cosas, pues para todas aprovecha y á todas da vida y perfección. Porque la caridad primeramente hace los hombres sanctos, pues (como dice S. Bernardo) según la medida de la caridad es la de la sanctidad, porque tanto será uno más sancto cuanto fuere más amigo de Dios. La caridad otrosí hace sabios, según aquello del Psalmisfa que dice: El mandamiento del Señor es resplandeciente, y así alumbra los ojos del ánima. Por lo cual dijo S. Augustín: Quien quisiere conoscer á Dios, ámelo, y conoscerlo ha. La caridad también es la que principalmente hace perlados dignos deste nombre. Por dónde queriendo el Señor hacer á S. Pedro príncipe de su Iglesia, en ninguna otra cosa le examinó sino en esta virtud, preguntándole tres veces si le amaba más que los otros. La caridad también hace mártires, porque todos los que lo fueron, con la fuerza desta virtud lo fueron, pues (como dice S. Augustín) no hay cosa más poderosa en el mundo que el amor. La caridad también hace vírgines, pues icomo dice S. Juan Clímaco) casto es aquél que con un amor vence otro amor, y con el fuego del espíritu vence el fuego sensual de la carne. La caridad también hace al hombre vencedor en todas las tentaciones, y así dice Pedro de Ravena: Ama, hombre, á Dios, y ámale de todo corazón, porque así puedas sin trabajo vencer todas las tentaciones del enemigo. Y mira bien que es muy delicada batalla y muy tierna manera de pelear triunfar de todos los vicios con la dulzura del amor. Finalmente, la caridad es la perfección y cumplimiento de la ley y de los profetas, como lo significó el Apóstol cuando dijo: El cumplimiento de la ley es amor, porque en esta palabra se encierra todo.

Paréscese otrosí el amor de Dios con el mismo Dios en las propriedades y noblezas que tiene, muy conformes á las de Dios: porque (como dice un doctor) el amor es noble y generoso, es sabio y hermoso, es obrador de grandes cosas, es dulce, fuerte, fructuoso, sencillo, casto, inexpugnable y vencedor de todas las cosas. El amor es todo alegre, todo gracioso, todo deleitable y todo admirable. El amor penetra y rompe, levanta y humilla, y vence todas las dificultades. El amor es alto y profundo, llaga y sana, da muerte y vida, no se puede encubrir ni pagar sino con amor, y todo lo da por amor, porque no busca ni quiere otra cosa sino amor. El corazón del que perfectamente ama, siempre piensa en amor, y la lengua siempre habla de amor. Él recoge la memoria, esclaresce el entendimiento, inflama la voluntad, roba los sentidos, sanctifica el ánima, y transforma todo el hombre en Dios.

Pues siendo esto así, razón es que todo nuestro estudio y diligencia se emplee en alcanzar esta virtud, pues ella trae en su compañía todas estas tan altas y tan excelentes virtudes. Así leemos haberlo enseñado nuestro Señor á una sancta ánima, á la cual entre otros notables documentos de virtudes dijo así: Cuando rezares la oración del Pater noster, toma esta palabra; Hágase tu voluntad, y trabaja todo lo posible por conformar siempre tu voluntad con la divina en todas las cosas (así prósperas como adversas) que él ordenare acerca de ti. Y cuando rezares el Ave María, toma el nombre de Jesús, el cual esté siempre fijo en tu corazón, para que él te sea escudo, guía y dulzura en la carrera desta vida y en todas las necesidades della. Y del resto de toda la Escriptura divina toma esta palabra amor, con el cual andarás siempre derecha, pura, ligera, solícita, diligente: porque él es poderoso para obrar todas las cosas sin fatiga, sin miedo y sin cansancio, de tal manera que hasta el martirio se hace suave por él. No se puede decir una sola centella de la virtud y fuerza del verdadero amor y de las obras que hace. Él te ayudará á consumir todas tus malas inclinaciones y todos los apetitos y sentimientos desordenados de las cosas desta vida.

Pues cuanto á lo primero es de saber que (como dice Próspero en el libro de la Vida Contemplativa) caridad es una voluntad recta, apartada de todas las cosas perecederas y unida con Dios, abrasada con el fuego del Espíritu Sancto (de quien ella procede y á quien se ordena) libre de toda inmundicia, ajena de corrupción, señora de toda mudanza, levantada sobre todas las cosas que carnalmente se aman, la más poderosa de todas las afecciones, amiga de la divina contemplación, vencedora de todas las cosas, sumario de todas las buenas obras, fin de los mandamientos celestiales, muerte de los vicios, vida de las virtudes. virtud de los que pelean, corona de los que vencen, armadura de las ánimas sanctas, causa de todos los merescimientos, sin la cual nadie agradó á Dios, y con la cual nadie le desagradó, fructuosa en los que comienzan, alegre en los que aprovechan, gloriosa en los que perseveran, victoriosa en los mártires, y trabajadora continua en todos los fieles. Hasta aquí son palabras de Próspero, por las cuales en alguna manera se declara brevemente qué cosa sea caridad, y cuan grandes sean los fructos y excelencias della. Mas la mayor de todas sus excelencias es ser ella la mayor de las virtudes y el fin y sumario de todas ellas. De lo cual tenemos argumento en la dignidad de aquellos supremos espíritus que llaman serafines, en los cuales señaladamente resplandesce la caridad más que en todos los otros coros de ángeles, y por esta causa tienen el supremo lugar entre todos ellos, porque los exceden en esta virtud, que es la mis alta de las virtudes. Y á esta orden dice San Gregorio que pertenecen en su manera todos los que en este mundo arden en amor de Dios, por estas palabras: Hay algunos que encendidos sus corazones con la contemplación de las cosas celestiales’ arden en el deseo de solo su Criador, ninguna otra cosa deste mundo desean, y con solo el amor de la eternidad se sustentan, desprecian todas las cosas terrenas, traspasan con el espíritu las cosas temporales, aman y arden, y en ese mismo amor descansan: amando arden, y hablando encienden á los otros, y á lo que con sus palabras tocan, luego también los hacen arder. Pues ¿cómo llamaré á éstos sino serafines, cuyo corazón convertido ya en fuego, resplandece y abrasa? Hasta aquí son palabras de San Gregorio. Tiene también otra grande excelencia la caridad, que es (como dice S. Augnstín) llamarse el mismo Dios caridad: de dónde nasce participar ella una grande semejanza con el mismo Dios. Por dónde así como Dios es todas las cosas, así también la caridad en su manera es todas las cosas, pues para todas aprovecha y á todas da vida y perfección. Porque la caridad primeramente hace los hombres sanctos, pues (como dice S. Bernardo) según la medida de la caridad es la de la sanctidad, porque tanto será uno más sancto cuanto fuere más amigo de Dios. La caridad otrosí hace sabios, según aquello del Psalmisfa que dice: El mandamiento del Señor es resplandeciente, y así alumbra los ojos del ánima. Por lo cual dijo S. Augustín: Quien quisiere conoscer á Dios, ámelo, y conoscerlo ha. La caridad también es la que principalmente hace perlados dignos deste nombre. Por dónde queriendo el Señor hacer á S. Pedro príncipe de su Iglesia, en ninguna otra cosa le examinó sino en esta virtud, preguntándole tres veces si le amaba más que los otros. La caridad también hace mártires, porque todos los que lo fueron, con la fuerza desta virtud lo fueron, pues (como dice S. Augustín) no hay cosa más poderosa en el mundo que el amor. La caridad también hace vírgines, pues icomo dice S. Juan Clímaco) casto es aquél que con un amor vence otro amor, y con el fuego del espíritu vence el fuego sensual de la carne. La caridad también hace al hombre vencedor en todas las tentaciones, y así dice Pedro de Ravena: Ama, hombre, á Dios, y ámale de todo corazón, porque así puedas sin trabajo vencer todas las tentaciones del enemigo. Y mira bien que es muy delicada batalla y muy tierna manera de pelear triunfar de todos los vicios con la dulzura del amor. Finalmente, la caridad es la perfección y cumplimiento de la ley y de los profetas, como lo significó el Apóstol cuando dijo: El cumplimiento de la ley es amor, porque en esta palabra se encierra todo. Paréscese otrosí el amor de Dios con el mismo Dios en las propriedades y noblezas que tiene, muy conformes á las de Dios: porque (como dice un doctor) el amor es noble y generoso, es sabio y hermoso, es obrador de grandes cosas, es dulce, fuerte, fructuoso, sencillo, casto, inexpugnable y vencedor de todas las cosas. El amor es todo alegre, todo gracioso, todo deleitable y todo admirable. El amor penetra y rompe, levanta y humilla, y vence todas las dificultades. El amor es alto y profundo, llaga y sana, da muerte y vida, no se puede encubrir ni pagar sino con amor, y todo lo da por amor, porque no busca ni quiere otra cosa sino amor. El corazón del que perfectamente ama, siempre piensa en amor, y la lengua siempre habla de amor. Él recoge la memoria, esclaresce el entendimiento, inflama la voluntad, roba los sentidos, sanctifica el ánima, y transforma todo el hombre en Dios. Pues siendo esto así, razón es que todo nuestro estudio y diligencia se emplee en alcanzar esta virtud, pues ella trae en su compañía todas estas tan altas y tan excelentes virtudes. Así leemos haberlo enseñado nuestro Señor á una sancta ánima, á la cual entre otros notables documentos de virtudes dijo así: Cuando rezares la oración del Pater noster, toma esta palabra; Hágase tu voluntad, y trabaja todo lo posible por conformar siempre tu voluntad con la divina en todas las cosas (así prósperas como adversas) que él ordenare acerca de ti. Y cuando rezares el Ave María, toma el nombre de Jesús, el cual esté siempre fijo en tu corazón, para que él te sea escudo, guía y dulzura en la carrera desta vida y en todas las necesidades della. Y del resto de toda la Escriptura divina toma esta palabra amor, con el cual andarás siempre derecha, pura, ligera, solícita, diligente: porque él es poderoso para obrar todas las cosas sin fatiga, sin miedo y sin cansancio, de tal manera que hasta el martirio se hace suave por él. No se puede decir una sola centella de la virtud y fuerza del verdadero amor y de las obras que hace. Él te ayudará á consumir todas tus malas inclinaciones y todos los apetitos y sentimientos desordenados de las cosas desta vida. Mas entre todas estas alabanzas nos convida mucho al amor y deseo desta virtud saber que en ella consiste no solamente la perfección de la vida cristiana, mas también muy gran parte de la felicidad y bienaventuranza que el corazón humano puede alcanzar en esta vida. Porque (como dice Boecio) toda la vida de los mortales, que en tantas maneras de ejercicios y trabajos se ocupa, ninguna otra cosa pretende por todos estos medios sino solo un ñn, que es su felicidad y bienaventuranza. Esta bienaventuranza procede de haber llegado el hombre á alcanzar un bien, en quien están todos los bienes: por dónde como aquí la voluntad lo halla todo, ni tiene por qué buscar más de lo que halló, ni puede padescer hambre de otra cosa, pues aquí tiene cuanto desea. Este bien no puede ser otro que Dios, y así, ni fuera del se puede hallar cumplido reposo, ni lo puede dejar de haber en él. Y aunque esto principalmente se guarda para la otra vida, cuando se poseerá Dios perfectamente por gloria, pero también en su manera se alcanza en ésta, cuando se posee menos perfectamente por gracia. Así muestra S. Bernardo que lo gozaba y poseía, cuando en n tratado que escribió del Amor de Dios, dice así: Estando yo en la casa de la soledad como animal solitario que hace su habitación en la tierra yerma y apartada, comenzando de sentir el viento de mi amor, abro mi boca y atraigo el espíritu, y algunas veces, Señor, estando yo como cerrados los ojos, sospirando por ti, pones en la boca de mi corazón una cosa que no me conviene á mí saber lo que es. Siento el sabor, y siento la dulzura, la cual de tal manera me conforta, que si cumplidamente se me diese, no me quedaba más que desear. Hasta aquí son palabras de S. Bernardo, con las cuales (aunque por diversas semejanzas) concuerdan las de la Esposa en los Cantares, que dice: Yo duermo, y vela mi corazón. Porque ¿qué quiere decir esto, sino que así como el que duerme tiene por todo aquel tiempo suspensos y en silencio todos sus sentidos (ca ni oye, ni ve, ni habla, ni desea nada’ así algunas veces se comunica Dios al ánima con una tan grandísima suavidad y amor, y derrama sobre ella como un río de paz, con el cual queda tan harta, tan satisfecha y tan contenta, que por entonces duerme á todos los deseos y cuidados desta vida, porque no tiene más cuenta con ellos que el que está durmiendo? Y no se contenta con llamar éste, sueño, sino en otra parte del mismo libro lo llama muerte, diciendo: Fuerte es el amor como la muerte. Las cuales palabras declara un sancto diciendo que es tan grande la fuerza del amor de Dios (cuando está en su perfección) que arrebata con la grandeza de su deleite todas las potencias de nuestra ánima, y las hace por entonces estar como muertas á todos los gustos y apetitos del mundo. Esto es proprio de aquella caridad que llaman los sanctos violenta, porque el alegría y suavidad que trae consigo esta manera de caridades tan grande, que todas las fuerzas de nuestra ánima poderosamente (aunque dulcemente) arrebata y lleva en pos de sí, y las aparta del amor y gusto de las cosas terrenas, y las traslada en Dios. Y esta misma se llama por otro nombre caridad herida, porque de tal manera hiere y traspasa el corazón, que así como el que está herido no puede dejar de estar pensando en lo que le duele, así el que está herido con este amor, no puede dejar de pensar ni desapegar el pensamiento de lo que ama, sino con grande dificultad. Porque si cuando el dolor es agudo, no podéis dejar de pensar en él, ¿cómo no hará otro tanto el deleite, cuando es grande, pues no es menor la fuerza de un contrario que la del otro contrario? Conforme á esto leemos de imo de aquellos Padres del yermo que yendo otro á pedirle cierta cosa de su celda, como él entrase á buscarla, luego la perdió de la memoria: y como esto le acaesciese por tres ó cuatro veces, finalmente vino á decir al otro que entrase él y la buscase, porque de verdad él no podía por aquel tan breve espacio retener en la memoria lo que le pedía: tan grande era la suspensión y embebecimiento que su ánima tenía en Dios. Y no es esto de maravillar, porque sin dubda las cosas espirituales son de tanta dignidad y nobleza, que el ánima que ayudada con la lumbre del Espíritu Sancto las entiende y gusta, apenas puede arrostrar á otra cosa desta vida, por excelente que sea. Y así se escribe del abad Silvano, cuando salía de la oración, que le parescían tan bajas y apocadas todas las cosas de la tierra, que cerraba los ojos por no verlas, y hablando consigo mismo decía: Cerraos, ojos míos, cerraos y no miréis cosas del mundo, porque no hay en él cosa digna de mirar. ¡Qué ejemplos éstos, y qué argumentos para entender hasta dónde llega la potencia deste amor, y la hartura y suavidad deste afecto celestial! Y si quieres otro ejemplo, oye lo que el bienaventurado S. Hierónimo cuenta de los ejercicios y deleites con que Dios ejercitaba y apascentaba su ánima, estando en aquel desierto quemado (como él dice) con los rayos del sol. Si había algún risco muy alto, ó algún valle muy hondo, ése era mi lugar de oración. Y como el Señor me es testigo, después de muchas lágrimas y de tener los ojos fijos en el cielo, algunas veces me parecía que estaba entre los coros de los ángeles, y con alegría y gozo cantaba: En pos de ti. Señor, corremos al olor de tus ungüentos. Esto escribe á la virgen Eustoquio. Mas escribiendo á otras vírgines dedicadas á Dios, dice así: Creed, hijas, á un viejo experimentado. Si una vez gustastes cuan dulce es el Señor, del podréis haber oído esta palabra: Venid, y mostraros he todos los bienes. Y entonces os mostrará tales cosas, cuales nadie puede conoscer, sino el que las ha probado. Sé lo que digo, muy amadas hermanas, y confesándoos mi ignorancia, digo que yo hombrecillo tan despreciado y tan vil en la casa del Señor, viviendo en este cuerpo me hallé muchas veces entre los coros de los ángeles, sustentándome por algunos días con la dulzura deste pasto sin otro manjar terreno. Después de los cuales restituido al cuerpo y sabidas muchas cosas advenideras, lloraba por lo que había dejado. Mas cuan grande fuese la felicidad de que en este tiempo gozaba, y cuan inefable la suavidad que allí sentía, testigo es la Sanctísima Trinidad, la cual veía yo no sé con qué manera de vista, tes tigos los bienaventurados espíritus que presentes estaban, y testigo mi propria consciencia, la cual gozaba de tales y tan grandes bienes, cuales no podrá explicar la flaqueza de mi lengua. Y luego añade más: No puede levantarse á la dulzura desta contemplación el corazón lleno de negocios terrenos, sino conviene que muera al mundo, y que viva y se allegue á solo Dios por sanctas meditaciones y deseos. Porque (como dice el Salvador) el grano de trigo que cae en tierra, si no muere, él solo permanesce, mas si muere da mucho fructo. Hasta aquí son palabras de S. Hierónimo. Pues ¿qué diré del bienaventurado Sancto Tomás de Aquino, el cual muchas veces de tal manera estaba absorto en Dios, que el cuerpo seguía al espíritu y se levantaba á lo alto, y otras veces quedaba sin ningún sentido? Por dónde acaesció que estando una vez desta manera con una candela encendida en la mano, acabóse la candela, y quemóse la mano sin que nada sintiese, de lo cual quedaron por testigos las llagas de la quemazón en la misma mano, Y otra vez habiendo de recibir un cauterio de fuego, se puso en oración, y de tal manera se arrebató y quedó suspenso en Dios, que ninguna cosa sintió. Y si esto nos pone admiración, no menos la debe poner lo que Aristóteles escribe: el cual hablando de la alteza de la contemplación del varón sabio y perfecto, dice que la vida del sabio alguna vez llega á ser tal, cual es siempre la vida del primer principio, que es Dios, dando por aquí á entender que llega á participar algunas veces una semejanza de aquella paz, tranquilidad y felicidad en que siempre vive Dios. Pues si esto dijo un hombre que no sabía qué cosa era gracia ni amor sobrenatural de Dios infundido por el Espíritu Sancto, ¿qué será razón que digan los que tienen y conoscen los efectos y obras admirables del Espíritu Sancto? Porque si los hábitos morales y la sabiduría y diligencia humana basta para levantar un hombre á tal estado, que por entonces se diga que está como Dios, tan quieto, tan contento y tan cerrada la puerta de todos sus deseos, ¿á dónde os parece que lo subirán las gracias y dones del Espíritu Sancto y la perfección del Evangelio? Pues siendo esto así, ¿parécete que será razón comprar esta perla preciosa, y dar todo cuanto se nos pidiere por ella? Porque si tanto hacen y padescen los hombres por los bienes imperfectos desta vida (que más atizan que matan la sed» ¿qué será razón hacer por un bien que así apaga la cobdicia y llama de todos los otros bienes? Es rico el que tiene el oro en el arca (dice S. Augustín) ¿y no lo será el que tiene á Dios en su consciencia?

Ésta es pues una de las principales razones (entre otras muchas) que nos habían de forzar á nunca tomar descanso, hasta alcanzar este tan precioso tesoro. Á lo cual nos convida un religioso doctor con muy dulces & eficaces razones, diciendo así Como sea verdad que solo DiOS (que es infinito y sumo bien) pueda quietar los deseos del ánima racional, con mucha razón debe anhelar todo hombre á la perfección de la vida espiritual, porque por medio della venga ayuntarse íntimamente con este sumo bien, y así se haga participante del. Porque si aquí llegase, sin dubda recibiría á Dios dentro de sí ccn superabundante gracia, el cual con su alegre y divina presencia desterraría de su ánima toda pobreza y miseria, y la enriquecería con verdaderas riquezas, y la hinchiría de un gozo inefable. Por dónde ya el hombre no andaría derramado buscando en las criaturas los falsos y contrahechos deleites, porque luego le sería desabrido todo lo que Dios no es. Vemos que el espíritu racional es tan capaz y tan noble, que ningún bien caduco lo puede hartar, porque claro está que lo que es menos, no puede hinchir el seno de lo que es más Y cierto es que el cielo, y la tierra, y la mar, y todas las cosas visibles son mucho menores que el hombre, por lo cual ninguna destas cosas, ni todas juntas, pueden hinchir el seno de su voluntad. Solo Dios es infinitamente mayor que él, por lo cual con solo él está lleno y contento, y no con otra cosa menor. Ni aun los ángeles bastan para esto, porque aunque sean mayores en la naturaleza, no lo son en la capacidad Por lo cual mientra el hombre no poseyere este único y sumo bien, y lo abrazare con brazos de amor, siempre andará derramado sin quietud, congojoso sin descanso, y hambriento sin verdadera hartura. Y aunque esté lleno de todas las riquezas y deleites del mundo, no alcanzará el descanso que desea, sino mediante el tocamiento deste divino amor. Mas después que hubiere hallado este sumo bien, fácilmente dará de mano á todas las criaturas, y con el Psalmista dirá: Bueno es á mí llegarme á Dios, y con el sancto Job: En mi nido moriré, y como palma multiplicaré los días. Este tal no busca ya fuera de sí consolaciones terrenas, porque dentro de sí tiene aquél que es piélago de inestimables consolaciones y de todas las cosas que el corazón humano puede desear. Y de tal manera es tocado con el gusto y conoscimiento experimental de Dios, y con tanta claridad penetra la verdad de los misterios de la fe, que si todos los hombres del mundo le dijesen, engañaste, miserable, engañaste, porque no son verdaderas las cosas de la fe que profesas, él confiadamente respondería: Vosotros sois los miserables y los que os engañáis, porque lo que yo creo, es suma verdad. Esto respondería con grandísima firmeza, no sólo por la lumbre y hábito de la fe, que á esto le inclina, sino también por la experiencia y gusto que tiene de Dios, el cual es tan grande y tan admirable, que cuando entra en una ánima con abundanc’a de sus dones, él trae consigo las señales y muestras de quién es. Y los que desta manera andan uñidos con Dios, no pueden dejar de ser muy familiares amigos suyos, y así alcanzan muchas veces con sus oraciones mayores bienes para la Iglesia en una hora, que muchos otros, que tales no son, en muchos años. Éstos otrosí gozan de una maravillosa tranquilidad y libertad de ánimo. La cual los levanta sobre todos los cuidados y perturbaciones del mundo, y sobre todos los temores de la muerte, del infierno y del purgatorio, y sobre todas las calamidades que se les pueden ofrecer en este mundo, porque confiados y abrazados con Dios, todas las cosas tienen debajo los pies. Y ni la compañía de los hombres, ni las ocupaciones exteriores los apartan de la presencia interior de Dios, porque ya están habituados y enseñados á conservar la unidad y simplicidad del espíritu en la muchedumbre de los negocios, como quien ha recebido estabilidad esencial y conversión perpetua del corazón á Dios. Y de aquí nasce que de todas cuantas cosas ven y oyen, toman motivos para levantar el corazón á él de tal manera que todas las cosas (si decir se puede) se les vuelven en Dios, pues en todas ellas ninguna otra buscan con la intención y con el amor, sino á él. Los cuales, como están dentro de sí tan ocupados y tan uñidos con Dios, andan como fuera de sí, viendo las cosas como ciegos, y oyendo como sordos, y hablando como mudos, porque trasladado todo su espíritu en Dios, andan entre las criaturas como si estuviesen fuera dellas. Desta manera viven una vida angélica y sobrenatural, por la cual se pueden llamar ángeles de la tierra, pues conversando con solo el cuerpo en la tierra, todo lo demás está en el cielo. Tal íué el espíritu, la vida y la conversación de todos los sanctos, á cuya imitación habían de encaminar los fieles todos sus intentos y deseos.

Mas aquí es de notar que no cualquier grado de caridad basta para dar al hombre esta paz y hartura interior de que hablamos, sino sola la perfecta caridad. Para lo cual es de saber que esta virtud así como va cresciendo, así va obrando en el ánima mayores y más excelentes efectos. Porque primeramente ella (cuando Dios lo ordena) trae consigo un conoscimiento experimental de la bondad, suavidad y nobleza de Dios: del cual conoscimiento nasce una grande inñamación de la voluntad, y desta inflamación un maravilloso deleite, y deste deleite un encendidísimo deseo de Dios, y del deseo una nueva hartura, y de la hartura una embriaguez, y désta una seguridad y cumplido reposo en Dios, en el cual nuestra ánima descansa y tiene su sábado espiritual con él. En lo cual parece que estos ocho grados van de tal manera encadenados, que uno abre camino para el otro, y el que precede, abre camino y dispone para el que se sigue. Porque el primer grado (que es aquel conoscimiento experimental de Dios) es una muy principal puerta por donde entran los dones y beneficios de Dios en el ánima, y la enriquecen grandemente. Porque deste conoscimiento que está en el entendimiento (aunque derivado del gusto de la voluntad) procede una grande inflamación y fuego en esa misma voluntad, con el cual arde en el amor de aquella inmensa bondad y benignidad que allí se le descubrió. Y deste fuego nasce un suavísimo deleite, que es aquel manna escondido, que nadie conosce sino el que lo ha probado, el cual es propriedad natural que anda en compañía del amor y procede del, así como la lumbre naturalmente procede del sol. Éste es uno de los principales instrumentos que toma Dios para sacar los hombres del mundo y destetarlos de todos los deleites sensuales. Porque es tan grande la ventaja que hace este deleite á todos los otros de leites, que fácilmente renuncia el hombre á todos los otros por él. Y porque las cosas espirituales son tan excelentes y tan divinas, que mientras más se gustan, más se desean, luego deste gusto nasce un encendidísimo deseo de gozar y poseer este tesoro, porque ya el ánima en ninguna otra cosa halla verdadero gusto ni descanso sino en él. Y porque sabe que este bien se alcanza con el trabajo de las virtudes y aspereza de vida y con la imitación de aquel Señor que dice: Yo soy camino, verdad y vida, nadie viene al Padre sino por mí, de aquí nasce otro encendidísimo deseo, no sólo de meditar, sino también de imitar la vida deste Señor, y andar por todos los pasos que él anduvo. Y los pasos son humildad, paciencia, obediencia, pobreza, aspereza, mansedumbre, misericordia, y otros tales. A este deseo sucede la hartura (tal cual en esta vida se puede poseer) porque no da Dios deseos á los suyos para atormentarlos, sino para cumplirlos y disponerlos para cosas mayores. Y así como él es el que mata y da vida, así también él es el que da á los suyos el deseo y la hartura, con la cual se engendra en el ánima un tan grande hastío de las cosas del mundo, que las viene á tener como debajo los pies, con lo cual queda ella pacíflca, satisfecha y contenta con solo este dulcísimo bocado, en quien halla todos los gustos y deleites juntos, y conosce por experiencia que en ninguna otra cosa puede la criatura racional hallar cumplido reposo, sino en solo él. A este tan alto grado sucede la embriaguez, que sobrepuja á la hartura, á que nos convida el Esposo en el libro de los Cantares: con la cual el ánima se olvida de todas las cosas perecederas y á veces de sí misma, por estar sumida y anegada en el abismo de la infinita bondad y suavidad de Dios. Desta celestial embriaguez se sigue el séptimo grado, que es seguridad, aunque no perfecta cual es la de la gloria, sino cual se sufre en esta vida, que es mayor de lo que nadie puede imagiíiar: con la cual canta el hombre alegremente con el Profeta (según traslada S. Hierónimo) diciendo: Tú, Señor, me heciste morar seguro en la confianza . Porque después de probada por tales medios la inmensidad de la bondad y providencia paternal de Dios, viene á participar una maravillosa seguridad y confianza en esta providencia, la cual le hace animosamente decir aquellas palabras del Profeta: El Señor es nuestro refugio y nuestra fortaleza, por tanto no temeremos, aunque se turbe la tierra y se trastornen los montes y vengan á caer en el corazón de la mar. Pues desta tan grande seguridad y confianza nasce la tranquilidad del ánima, que es un cumplido reposo, una holganza espiritual, un silencio interior, un sueño reposado en el pecho del Señor, y es finalmente aquella paz que el Apóstol dice que sobrepuja todo sentido, porque no hay seso humano que baste á comprehender lo que es, sino aquél que la ha probado. Y la felicidad destos dos postreros grados prometió el Señor á sus escogidos por Isaías, cuando dijo: Asentarse ha mi pueblo en la hermosura de la paz, y en los tabernáculos de la confianza, y en un descanso cumplido y abastado de todos los bienes. Éste es, hermano mío, el reino del cielo en la tierra, y el paraíso de deleites de que podemos gozar en este destierro, y éste es el tesoro escondido á los ojos del mundo en la heredad del Evangelio, por el cual el sabio mercader vende todo cuanto tiene por alcanzarlo.

Pues ¿cuál es el hombre que oídas estas nuevas, y sabiendo que tan aparejada está la divina gracia para él como para todos los sanctos, no trabaja por entrar por esta puerta á gozar de tan grandes bienes en esta vida? Oh perdidos y ciegos hijos de Adam, ¿para qué andáis buscando con tanto trabajo y en tantos lugares lo que con menos trabajo se halla todo junto en solo Dios? Verdaderamente los caminos de Sión están llorando, porque no hay quien venga á esta solemnidad, á esta fiesta y á este sábado espiritual, en que el ánima fiel huelga y reposa en Dios. Porque si es verdad (como arriba alegamos de Boecio) que todos los cuidados y trabajos de los hombres tiran á un solo blanco, que es alcanzar descanso y hartura de su voluntad, la cual es imposible hallarse fuera de Dios (que es nuestro último fin) ¡qué locura es buscarla fuera de su proprio lugar! Caminan los hombres á las Indias, y revuelven la mar y la tierra buscando cosas en que piensan hallar descanso, y no miran cuan grande yerro es buscar con tanto trabajo fuera de sí lo que dentro de sí habían de buscar. ¿No dice el Salvador que el reino de Dios está dentro de nos? Y ¿qué otra cosa es este reino sino (como dice el Apóstol) justicia, 3′ paz, y alegría en el Espi’ritu Sancto? Donde la justicia es como la raíz deste bien, mas la paz y alegría como los fructos que se siguen desta raíz, en los cuales consiste nuestra quietud y felicidad. Y esto nos significan aquellos dos nombres de Melquisedec, el cual se llamaba rey de justicia y rey de paz: las cuales dos cosas andan siempre tan hermanadas, que nunca jamás se hallan, ni la paz sin la justicia, ni la justicia sin la paz. Por lo cual en vano trabaja por hallar paz y alegría verdadera quien la busca sin justicia y sin buena consciencia. Algunos hay que oyendo esto, comienzan luego á disponerse para buscar á Dios, mas no con aquella humildad y simplicidad ni con aquella determinación que el negocio requiere. Los cuales como no tienen raíces hondas de propósito firme y amor de Dios, luego á los primeros soles se secan, porque vencidos de un poco de dificultad que hallan á los principios, luego se vuelven del camino. Otros hay que muchas veces caen y se levantan, y unas veces desmayan y desconfían, y otras se esfuerzan y cobran ánimo. Los cuales todavía, aunque cayendo y levantando, finalmente ayudados con la divina gracia aprovechan en este ejercicio y llegan al cabo. Otros hay que dicen: Bástanos vivir como los otros viven. ¿Qué necesidad hay agora de hacer singularidades y extremos, pues bin esto nos podemos salvar? Desta manera andan batallando los hombres á los principios, porque pelean entre sí la voluntad carnal y espiritual, el amor mundano y el divino. Y porque el amor mundano á los principios está fuerte, resiste al amor divino, porque no querría perder su nido ni el derecho que dende su niñez en el hombre poseyó. Y no se puede negar sino que es muy trabajoso este divorcio, y como desafío de dos partes tan poderosas: mas la gracia de Dios y la firme voluntad y perseverancia todo lo vence, porque poco á poco continuando los espirituales ejercicios, viene á esforzarse la parte superior del ánima contra la inferior de tal manera que la parte superior recibe mayores gustos y sentimientos de Dios, y la inferior menores o-ustos y contentamientos del mundo, y así cae la naturaleza corrupta debajo del poder y virtud de la divina gracia. Porque el ejercicio continuado de las devotas liciones, oraciones y meditaciones sanctifica y purifica nuestro corazón, el cual así purificado comienza á gustar cuan suave es el Señor: y gustada la espiritual suavidad, luego toda carne pierde su sabor, y luego el hombre corre ligeramente por el camino de Dios al olor de sus ungüentos. Desta manera pues continuando el hombre sus ejercicios, crescen siempre los buenos deseos, y siempre halla nuevos pastos con que se sustente, porque en ninguna parte hay mayor materia de admiración ni mayor causa de deleite. Pero esta gracia más se alcanza con íntima compunción que con profunda especulación, más con sospiros que con argumentos, más con lágrimas que con palabras, y finalmente, más con oración que con lición, aunque todavía es de mucho fructo la devota lición.

DE CÓMO LA PERFECCIÓN DE LA VIDA CRISTIANA CONSISTE EN LA PERFECCIÓN DE LA CARIDAD, Y CUÁL SEA LA PERFECCIÓN DESA CARIDAD

CAPÍTULO II

SENTENCiA es común de todos los sanctos que la perfección cristiana consiste en la perfección de la ca- ridad: por lo cual el Apóstol en un lugar la llama vínculo de perfección, y en otro, fin de toda la ley. La razón desto es, porque (como diré Sancto Tomás) entonces una cosa está en toda su perfección, cuando ha llegado á su término y al último fin para que fué criada, porque sobre esto no tiene más á dónde subir, pues llegó á lo postrero que podía llegar. Y cónstanos también que el último fin y como centro de la criatura racional es Dios, en quien solo se halla todo lo que el entendimiento humano puede entender, y todo lo que la voluntad puede amar, como en un bien universal que todo lo comprehende De dónde se infiere que en aquella virtud señaladamente estará toda la perfección desta criatura, que tiene por oficio ayuntar el hombre con este sumo bien, y hacerle una cosa con él, lo cual es proprio de la caridad, que ayunta al hombre con Dios por amor, y le hace una misma cosa con él, como lo testifica el evangelista S. Juan, diciendo: Dios es caridad, y quien está en caridad, está en Dios, y Dios en él. Por dó paresce que pues la caridad entre todas las virtudes es la que junta nuestra ánima con Dios, y la que la pone en su centro, y hace conseguir su último fin, que en ella consiste la perfección de la vida cristiana, y así según qae ella estuviere más Ó menos perfecta, así será más ó menos perfecta esta vida. De manera que el que fuere perfecto en la caridad, será perfecto en esta vida. Mas preguntarás: ¿En qué consiste la perfección de esa caridad? A esto responde el mismo Sancto Doctor diciendo que tres grados ó maneras de perfecciones hay en esta virtud El primero pertenesce á solo Dios, el segundo á los que claramente ven á Dios, y el tercero á los que en esta vida por gracia caminan á Dios. Pues la primera y suma perfección de la caridad (que pertenesce á solo Dios) es amarle tanto cuanto él meresce ser amado. Lo cual nadie puede hacer sino solo él, porque así como él solo perfectamente se comprehende, así él solo perfectamente se ama. La segunda perfección es de los que claramente ven á Dios en su hermosura, los cuales le aman con lo último de todas sus fuerzas, y esto siempre y actualmente, sin jamás cesar ni poder cesar. Porque así como el que tiene los ojos abiertos no puede dejar de ver el objecto que tiene delante, así la voluntad, teniendo delante de sí el sumo bien por objecto, no puede dejar de estar amándolo siempre y actualmente con todas sus fuerzas y con lo último de su poder, porque la excelencia deste bien de tal manera la arrebata y lleva en pos de sí, que no puede dejar de estar siempre amándolo con esta fuerza. La tercera perfección es de los que en esta vida aman á Dios, la cual aunque no puede llegar á este grado de los bienaventurados, mas esfuérzase cuanto puede por llegar á él, para lo cual trabaja por despedir de sí no sólo todos los pecados, sino también todos los impedimentos que la apartan de estar actualmente amando á Dios, ó que pueden entibiar su afección para con él. Y como todos éstos nazcan de la concupiscencia del amor proprio, por eso toda su contienda y guerra es contra él: y conforme á la victoria desta pasión se determina esta manera de perfección. Y así dice S. Augustín que la ponzoña del amor de Dios es el amor proprio, y la perfección del amor de Dios es la mortificación deste amor, porque éste es el efecto que se sigue desta causa, aunque esta mortificación no puede ser del todo perfecta en esta vida, porque (como dice el mismo Sancto) la concupiscencia puede en esta vida menoscabarse, mas no acabarse. De aquí pues concluye el Sancto Doctor que la perfecta caridad desta vida es aquélla que poderosamente resiste y despide de sí todo lo que entibia y aparta el ánima deste actual amor de Dios, que son todos los pecados y todos los otros impedimentos que por parte del amor proprio la hacen divertir de la continuación y ejercicio deste amor. De manera que cuanto la afección de la caridad estuviere más inflamada y más uñida con Dios por actual amor, tanto resistirá más fuertemente á todos los otros peregrinos amores que la apartan deste amor, y tanto será ella más perfecta, como más semejante á la de aquellos soberanos moradores del cielo que siempre y actualmente con todas sus fuerzas arden en el amor de Dios. Éste es pues el dechado que se nos pone para amar á Dios, y á esto tira aquel precepto que nos manda amarle con todo nuestro corazón, y con toda nuestra ánima, y con todas nuestras fuerzas, no porque este mandamiento se pueda perfectamente cum plir en esta vida, sino para que por aquí supiésemos á qué blanco habíamos de enderezar todos los pasos y intentos della. Y conforme á esto dice el mismo Sancto Doctor que la perfección posible á la caridad en esta vida es que el hombre emplee todo su estudio y diligencia en amar á Dios, renunciando todos los otros cuidados y negocios terrenos, si no es en cuanto la obligación del estado ó la necesidad natural puntualmente lo pidiere. Ésta es una tan grande verdad, que hasta los mismos filósofos, sin tener lumbre de fe, alcanzaron por sola razón. Porque uno dellos dice así: El principio y fin de la perfecta y bienaventurada vida es un continuo mirar á Dios, y un abrazo interior, y una entrañable afección de nuestra voluntad para con él. Por lo cual estando el ánima con firmes raíces afijada en él, conservarse ha y conseguirá aquella perfección para que Dios la crió. Pero cuando de aquí se apartare, vendrá á secarse y marchitarse, así como el ramo cuando lo cortan del árbol, que luego pierde todo su verdor y hermosura. Todo esto supo decir un filósofo gentil, para que veas cuánta sea la fuerza desta verdad. Pues según esto, cuando el hombre en esta vida mortal llegare á un tal grado de amor que despreciadas todas las cosas perecederas, en ninguna tome gusto ni contentamiento desordenado, sino que todo su gusto, todo su amor, todos sus cuidados y deseos y pensamientos sean en Dios, y esto con tan grande continuación que siempre ó cuasi siempre traiga su corazón puesto en él, por no hallar descanso fuera del, y hallarlo en solo él, cuando desta manera muriendo á todas las cosas, viviere á solo Dios, y con la grandeza de su amor triunfare de todos los otros amores, entonces habrá entrado en la bodega de los vinos preciosos del verdadero Salomón, donde embriagado con el vino deste amor, se olvidará de todas las cosas y de sí mismo por él. Bien veo que pocos pueden llegar á este grado, y que las necesidades de la vida y las obligaciones de justicia, y la misma caridad nos pide muchas veces (si decirse puede) que dejemos á Dios por Dios: pero todavía se dice esto así para que veamos el término á donde habernos de caminar, en cuanto nos fuere posible, porque aunque nadie puede llegar á él, pero más cerca llegarán los que extendieren sus ánimos y propósitos á cosas mayores, que los que pusieren raya á sus deseos en más bajo lugar. Conforme á lo cual dice un sabio: En todas las cosas buenas habemos de desear lo sumo, porque á lo menos alcancemos siquiera lo mediano. Y con este afecto y deseo decía S. Bernardo: Muera, Señor, mi ánima no sólo muerte de justos, sino también de ángeles: conviene saber, que esté tan muerta á todas las cosas del mundo, y tan faera dellas, como lo están no solamente los justos, sino también los ángeles, si esto fuese posible. Porque el deseo muy abrasado y encendido no tiene cuenta con las proprias fuerzas, no reconosce términos, no se mide con la razón, no desea solamente lo posible, porque no mira lo que puede, sino lo que quiere. Este amor llaman los teólogos místicos unitivo, porque su naturaleza es uñir de tal manera al que ama con la cosa amada, que no halla reposo fuera della, por lo cual siempre tiene el corazón puesto en ella. Tal era el amor que por figura atribuyó el sancto Profeta á Benjamín, cuando dijo: Benjamín muy amado del Señor, morará seguramente, todo el día se estará en su tabernáculo, y entre sus brazos dulcemente reposará. Porque proprio es del amor grande hacer esta liga, y tanto más apretada, cuanto él es más fuerte, como dice S. Dionisio. Tal muestra el profeta David que era su amor en muchos de sus Psalmos, porque unas veces dice que su ánima andaba siempre ligada con Dios, otras dice que traía siempre al Señor delante de sí, otras que tenía sus ojos siempre puestos en él. Tal era también el del profeta Isaías cuando decía: Señor, vuestro nombre y vuestra memoria es todo el deseo de mi ánima. Mi ánima os deseó en la noche, y con todo mi espíritu y entrañas á la mañana velaré á vos. Tal era el del bienaventurado S. Bernardo, de quien se escribe que al principio de su conversión andaba tan absorto en Dios, y tan perdido por esto el uso de los sentidos, que ni sabía lo que comía, ni lo que vestía, ni dónde estaba, ni por dónde caminaba, por andar tan uñido y tan elevado su espíritu en Dios. Porque ésta es propriedad natural del amor, cuando es perfecto, uñir el corazón del que ama con la cosa amada, y el engrudo desta liga es la dulzura y suavidad inestimable que dése mismo amor (como propriedad suya natural) procede, la cual de tal manera prende el corazón con la fuerza de su deleite, que le es muy penoso dejar este bocado, porque todo lo demás halla desabrido. Y así se escribe del bienaventurado S. Augustín que le eran desabridos todos los negocios del siglo, por la gran dulzura que hallaba en Dios y en la hermosura de su casa, que él amaba. Y no es esto mucho de maravillar, porque quien con lumbre del Espíritu Sancto llegare á entender qué tan grande sea la bondad y hermosura de Dios y la benignidad y blandura de que usa con sus fieles amigos, nada desto tendrá por increíble, porque mucho más se ha de esperar de tal bondad, de tal caridad y tal nobleza. Ni debe querer nadie medir por su frialdad y ñaqueza la perfección de los sanctos ni la virtud de la caridad, sino por quien es Dios y por la misma caridad. Porque si los padres que tienen hijos, dicen que no puede nadie saber qué cosa sea amor de hijos, sino el que los tiene (siendo esto cosa tan natural y tan común) ¿cómo podrá saber qué cosa es amor sobrenatural de Dios sino el que arde en este amor. Entendido pues este principio, fácil cosa será ver cuan convenientemente dice un doctor que el principal estudio del siervo de Dios ha de ser trabajar todo lo posible por que su ánima esté siempre uñidaconDios por oración, contemplación y actual amor, que es lo que hasta aquí habemos declarado. Mas porque para lleo-ar á esto son necesarios medios y escalones, dellos trataremos brevemente en lo que resta deste tratado. El cual se dividirá en dos partes principales: en la primera trataremos de las cosas que nos ayudan á alcanzar el amor de Dios, y de las que nos lo impiden, y en la segunda pondremos algunas oraciones y consideraciones así de los beneficios de Dios como de sus perfecciones, para con ellas despertar y atizar nuestros corazones en el amor deste Señor.

PRIMERA PARTE DESTE TRATADO

DE LAS COSAS QUE AYUDAN Y DE LAS QUE IMPIDEN EL AMOR DE DIOS DEL PRINCIPAL MEDIO POR DO SE ALCANZA EL AMOR DE DIOS, QUE ES UN ARDENTÍSIMO DESEO DEL

CAPÍTULO III

DECLARADO ya cómo el fin de la vida cristiana consiste en el amor de Dios, conviene que declaremos luego por qué medios se alcanza este amor, aunque mejor será decir, de qué manera lo suele comunicar Dios á las ánimas, para que por aquí sepa el hombre cómo se haya de ir acomodando y aparejando á recebir este beneficio de Dios, haciendo lo que es de su parte, y obrando juntamente con él. Para lo cual primeramente conviene presuponer que ninguna diligencia humana por sí sola és bastante para alcanzar esta virtud, porque ella es obra y dádiva graciosa de Dios, y principalísima entre todas sus dádivas. Y así dice el Apóstol: La caridad de Dios se ha infundido en nuestros corazones por mano del Espíritu Sancto que nos fué dado. De suerte que el Espíritu Sancto (el cual entre las Personas divinas esencialmente es amor) ese mismo es el que desciende en el ánima del justo, y el que influye y cría en ella este hábito celestial, el cual lo inclina y mueve á amar á Dios. Por dónde así como el mismo Espíritu mediante el hábito de la fe inclina nuestro entendimiento á creer todo lo que dice Dios, así este hábito de la caridad inclina nuestra voluntad (que estaba resfriada en su amor) á que le ame sobre todo lo que se puede amar. Buscaron los hombres invenciones y artificios con ciertas maneras de hechizos para criar amor donde no lo había, y esto para destruir las ánimas y enlazarlas en los vicios. Y pues aquella divina bondad y providencia no es menos inge niosa y cuidadosa en buscar invenciones para el bien que los malos para el mal, no es maravilla criar él este hábito sobrenatural en los corazones de los hombres para encenderlos en el amor de las cosas sobrenaturales y invisibles, para que estaban resfriados. Es pues agora de saber que la más común y ordinaria manera que nuestro Señor tiene para acrescentar y perfeccionar esta virtud en sus escogidos, es daries primero un nuevo gusto y conoscimiento experimental de la dignidad, suavidad y hermosura desta virtud, para encender en el ánima un grandísimo deseo della y de trabajar todo lo posible por ella. De manera que se ha en esta parte como un mercader que quiere vender un vino muy precioso, el cual primero da á probar al que lo ha de comprar, para que aficionado á la bondad de la mercadería, se apareje á dar todo cuanto le pidieren por ella. Esto en figura nos representa el casamiento del patriarca Jacob con Raquel, el cual primero vio la hermosura desta doncella, y desta vista se siguió en él una muy entrañable afición de casar con ella, y ésta le hizo decir á su padre: Servirte he siete años por tu hija Raquel, y parecerle poco todo esto por la grandeza del amor. Pues ¿qué es esto sino aquello mismo que leemos en el libro de los Cantares: Si diere el hombre todo cuanto tiene por la caridad, como nada lo despreciará? Oye pues agora, hermano. Este vino y esta Raquel, todo es una misma cosa. Porque este vino es la caridad, y esta Raquel es figura de la divina contemplación, que se ordena á la misma caridad. Éste es el vino que el Señor hizo de agua en las bodas, el vino á que nos convida la Esposa cuando dice: Bebed, amigos, y embriagaos los muy amados, el vino finalmente que decía David: El cáliz que me embriaga, [cuán es. clarecido esl La cual palabra no se halla en los ejemplares hebreos, adonde solamente dice el Psalmista: El cáliz que me embriaga, y quedóse allí como suspenso, sin querer pasar adelante, porque no halló palabra que bastase para hinchir la medida de lo que sentía su corazón, y por esto quiso encubrir como con una sombra lo que con colores no podía declarar. Pues la primera cosa que hace el Señor con los suyos, cuando los quiere hacer crescer en esta virtud, es darles á probar un poco de la inestimable suavidad deste vino, que es darles un conoscimiento no humano sino divino, no natural sino sobreña tural, no especulativo sino experimental, con el cual da á sentir al hombre la inefable suavidad y hermosura desta virtud, y juntamente le enseña cómo ella es reina de todas las virtudes y muerte de todos los vicios, cómo ella es la que levanta al hombre sobre los cielos, y le junta con Dios, y hace participante de la suavidad celestial, para que prevenido con bendiciones de dulce dumbre, y cebado con este pasto, y visto el precio desta mercadería, trabaje todo lo posible por alcanzarla. De manera que esto da nuestro Señor como dantemano y sin trabajo, pero toda lo demás quiere que se compre con él, Y así leemos que primerorecibió Jacob á Raquel por esposa, mas después se siguieron los siete años de servicio por ella. Y así también el mercader da primero á probar el vino de gracia, pero todo lo demás da por su justo precio.

Pues desta manera de conoscimiento susodicho se sigue en eí ánima un encendidísimo deseo desta virtud: el cual deseo es también un muy especial don de Dios, así como también lo es el conoscimiento de donde nasce. Mas qué tan grande sea este deseo en algunas personas, apenas hay comparaciones con que se pueda explicar. Grande es el deseo que el avariento tiene de su dinero, y el ambicioso de su honra, pues por esto el uno y el otro beben los vientos y trastornan el mundo: mas todo esto es poco en comparación deste deseo, el cual así como procede de más noble principio y pretende más alto fin, así es sin comparación mayor. Este deseo tenía el Sabio cuando hablando desta virtud decía: Ésta amé y busqué dende el principio, y procuré tomarla por esposa, por andar grandemente enamorado de su hermosura. En las cuales palabras da á entender que así como un hombre que anda perdido por amor de una doncella (como se escribe que andaba Amón por Tamar, hija de David) ni come, ni bebe, ni duerme, ni reposa, ocupado en este pensamiento (porque la llaga de la afición entrañable no le deja sosegar) y no hay trabajo ni peligro á que no se ponga por esta causa, ni está hábil para entender en otro algún negocio, porque todos los sentidos trae ocupados en éste, así también el que desta manera arde con un entra ñable deseo de aquella esposa celestial, que es la divina sabiduría y la caridad, ninguna otra cosa piensa, ninguna más precia, ninguna más desea, y ninguna otra pide con mayor instancia, m hay trabajo ni dificultad á que no se ponga por ella. Pues el ánima que desia manera anda como cierva herida con la saeta deste amor, la que arde y hierve con este deseo, porque ha recebido ya las primicias y arras del Espíritu Sancto, y gustado ya con el paladar purgado y limpio una gota de aquella inefable suavidad y bondad de Dios, esta tal por ninguna vía puede reposar hasta llegar á la fuente de aquella agua de vida que ya probó. Y así como el perro del cazador anda ñojo y perezoso cuando no ha dado en el rastro de la caza, mas después que la ha sentido, hierve con una gran ligereza, buscando en unas y otras partes lo que olió, y no descansa hasta hallarlo, así también lo hace el ánima después que una vez de verdad sintió el olor de aquella infinita suavidad, corriendo al olor deste tan precioso ungüento. Desta manera nos manda el Señor que busquemos, y nos promete que alcanzaremos en aquellas palabras que dice: Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y abriros han. Las cuales palabras declara así Eusebio Emiseno: Pedid orando, buscad trabajando, y llamad deseando. Porque muy grande conviene que sea en nosotros el deseo y ardor de las cosas celestiales, para que con la grandeza de los premios concuerde la grandeza de los deseos. No quiere el Señor que se hagan viles sus dones con la facilidad de alcanzarlos. Un tan precioso tesoro, y tan digno de ser deseado, pide un cobdicioso amador y un avariento negociador. De suerte que aquel magnífico prometedor de tan grandes cosas no huelga con el tibio, desprecia el fastidioso, no admite el forzado, y desecha el indevoto, porque tiene por grande injuria del dador ser el hombre fio]0 y poco agradescido á sus dones. Deseemos pues, hermanos, todo cuanto pudiéremos, pues no podemos cuanto debemos. Y más abajo, en la misma homilía nos torna á encomendar este mismo ardor y deseo, diciendo: El deseo encendido de alcanzar, y la costumbre de aprovechar nos levantará siempre á cosas mayores, y viendo Dios nuestra devoción encenderá más nuestro corazón: y cuanto cresciere más nuestro deseo, tanto crescerá más su socorro, y cuanto fuere mayor nuestra diligencia, tanto será mayor su gracia, según aquello que está escrito: Al que tiene, darle han, y abundará. Y en otro lugar: Puse yo (dice Dios) ayuda en el poderoso, esto es, ayudé al que se ayudaba. De manera que según esto, la gracia nasce de la gracia, y el aprovechamiento del aprovechamiento, y la ganancia de la ganancia, para que cuanto alguno más adquiriere, más se esfuerce y deleite en adquirir, y el fructo de la diligencia acresciente el deseo de la ganancia. Pues el que desta manera buscare, tenga por cierto que hallará. Mas el que caresciere de la flor deste deseo, también carescerá deste tan dulce fructo, como lo comprehendió brevemente S. Bernardo en una epístola por estas palabras: Así como la fe dispone para el perfecto conoscimiento, así el deseo para el perfecto amor. Y así como el Profeta dijo: Si no creyéredes, no entenderéis, así también convenientemente se puede decir, si no deseáredes, no amaréis perfectamente. Pues este deseo tan encendido es la primera simiente deste árbol de vida, como claramente lo testiñcó el Sabio, cuando dijo: El principio de donde nasce la divina sabiduría, es un encendidísimo deseo della. Porque este deseo mueve al hombre á todos los medios y trabajos que para alcanzarla se requieren. Porque (como dice muy bien un sabio) no hay trabajo ni dificultad alguna para el que de verdad desea. Tal era el deseo que tenía el profeta David, cuando con juramento y voto decía que ni entraría en el tabernáculo de su casa, ni reposaría en el estrado de su cama, ni daría sueño á sus ojos ni descanso á los días de su vida, hasta hallar lugar para el Señor, y morada para el Dios de Jacob. Pues este noble deseo es la ñor hermosísima de donde nasce este fructo celestial, y ésta es la víspera y la vigilia desta fiesta, como claramente lo significó el Sabio, cuando dijo: Si buscares la sabiduría con aquella misma ansia que los hombres buscan el dinero, y cavan para hallar los tesoros, ten por cierto que la hallarás. Todo esto comprehendió S. Buenaventura en pocas palabras, diciendo: Este don celestial no tiene sino quien lo recibe, y no lo recibe sino quien lo desea, y no lo desea sino aquél á quien el fuego del Espíritu Sancto primero inflama, el cual Cristo vino á poner en la tierra.


DE OTROS MEDIOS MÁS PARTICULARES QUE SIRVEN PARA ALCANZAR EL AMOR DE DIOS

CAPÍTULO IV

PUES este deseo (como dijimos) es la raíz de donde nascen todas las ramas de virtudes que para alcanzar este bien tan deseado se requieren Porque la impaciencia del deseo no deja reposar el corazón, sino antes continuamente lo está espoleando á que por todos los medios posibles procure lo que desea.

De las oraciones y aspiraciones continuas al amor de Dios. § 1

PUES primeramente, porque sabe el hombre que este bien de- seado está en poder de Dios, y que él es el que en sus manos esconde la luz, y le manda que torne á nascer (como se escribe en el libro de Job) y sabe también que uno de los principales medios que hay para alcanzar mercedes deste Señor, es la ferviente oración, según aquello del Psalmo, que dice: Cerca está el Señor de los que le llaman, si le llaman de verdad (esto es, con entrañables y verdaderos deseos) entendiendo esto, dase tanta priesa á importunar á Dios, que día y noche, en los tiempos de la oración y fuera dellos, y aun en medio de los mismos negocios que trata, nunca cesa de gemir como paloma, y solicitar las entrañas de su piadoso padre, pidiéndole esta merced. Y anda en esto tan embebecido, que ni comiendo, ni bebiendo, ni andando reposa ni cesa de hinchir el cielo y la tierra de clamores, llamando á todas las puertas donde piensa hallar socorro, y especialmente implorando el favor de la sacratísima Virgen y de todos los sanctos para que le ayuden en este requerimiento. No descansa, no reposa, no piensa que Vive, mientras se ve pobre deste tesoro. Y con esta ansia se presenta ante el acatamiento divino con aquel leproso del Evangelio diciendo. Señor, si vos quisiésedes, bien podríades alimpiar mi ánima de todos sus pecados en la fragua de vuestro amor. Si vos quisiésedes, bien podríades súbitamente enriquecer al pobre. Si vos quisiésedes, bien me podríades hacer el más alegre y más dichoso del mundo con una sola centella de vuestro amor. Señor, ¿qué os cuesta hacerme tanto bien? ¿Qué ponéis de vuestra casa? ¿Qué perdéis de vuestra hacienda? Pues ¿por qué, Señor, siendo vos un piélago de infinita liberalidad y riquezas, detenéis en vuestra ira vuestras misericordias para comigo? ¿Por qué han de poder más mis maldades que vuestra bondad? ¿Por qué han de ser más parte mis culpas para condenarme, que vuestra misericordia para salvarme? Si por dolor y satisfación lo habéis, á mí me pesa tanto de haberos ofendido, que quisiera más haber padescido mil muertes, que haber pecado contra vos. Si por satisfación lo habéis, catad aquí este cuerpo: ejecutad en él. Señor, todos los castigos de vuestra ira, con tanto que no me neguéis vuestro amor. Ámeos pues yo. Señor Dios mío, fortaleza mía, firmeza mía, refugio mío, librador mío, ayudador mío y esperanza mía. A vos solo quiero, á vos solo deseo, y á vos, Señor mío, llamo, pues vos solo sois mi principio y mi último fin. No me hartan, Señor, las cosas desta vida, no tienen gusto, ni ser, ni firmeza: todo es pobreza, cuanto veo fuera de vos, todo aguas turbias y salobres que no quitan sino acrescientan la sed. A vos solo quiero, á vos solo busco, vuestro rostro, Señor, deseo, vuestro rostro buscaré, no apartéis vuestra cara de mí. Con estos y otros semejantes clamores (que el mismo deseo enseña al ánima después de prevenida con este amor) anda siempre solicitando los oídos de Dios, y con aquella piadosa Cananea y con aquel amigo importuno del Evangelio nvmca cesa de llamar, y importunar, y pedir esta merced. Y es muy conveniente medio para esto tomar el hombre en sí el corazón y espíritu de los pobres que andan mendigando (como lo tomaba aquel sancto rey David, que unas veces se llama huérfano, otras enfermo, otras pobre, mendigo y desamparado) y con este. corazón tan humilde clamar á Dios y pedirle esta limosna. Y no sólo ha de imitar á éstos en la diligencia y continuación del pedir, sino en todas las otras diligencias de que para esto usan. Mira pues de la manera que éstos andan, llagados, perniquebrados y enfermos, sufriendo hambres, fríos y calores, con todas las injurias del día y de la noche buscando de comer, y con cuánta paciencia están esperando todo el día una pequeña limosna, la cual muchas veces no alcanzan. Pues si todo esto se hace y padesce por un pedazo de pan, ¿qué será razón hacer por aquel pan de los ángeles, que mantiene las ánimas? Mira otrosí cómo éstos procuran saber los lugares más oportunos para pedir, como son las iglesias, y las personas más limosneras, y allí acuden á buscar socorro. Pues así este espiritual mendigo busca el lugar del silencio y de la soledad, que es más conveniente para orar y pedir limosna á Dios, y de ahí se convierte á los sanctos, que son como casas de ricos piadosos, para pedirles también ayuda. Mira también cómo éste encubre el bien que tiene (si algo tiene) y descubre las llagas y los miembros más podridos, para mover á misericordia á los que le pueden ayudar, y así estotro no descubre en la oración las riquezas que tiene (como hacía el soberbio fariseo) sino las llagas y miserias de los pecados, como el humilde publicano, para provocar la misericordia divina con la representación de su miseria. Finalmente, así como este pobre mendigo en ninguna otra cosa gasta todo el día, dende la mañana hasta la noche, sino en andar pidiendo de puerta en puerta (aprovechándose de todas cuantas ocasiones para esto le puedan ayudar) así este espiritual mendigo trabaja, cuanto le es posible, porque toda su vida sea una perpetua oración, y de todas las cosas toma ocasión para encenderse más en este deseo, y perseverar más en esta demanda, y levantar su corazón á Dios. Cuando ve la hermosura deste mundo y de todas las criaturas que hay en él, por ellas entiende (como dice el Sabio) cuánto más hermoso será el Criador que las crió, y cuánto mayor admiración y amor causará la vista del: y esto le mueve á pedirle con mayor instancia este amor. Si ve alguna cosa fea, entiende por aquí que no hay otra fealdad mayor que la del áninía que carece deste amor, y así pide al Señor que no permita en ella esta tan grande fealdad. Finalmente, todas cuantas criaturas hay en el cielo y en la tierra entiende que son beneficios de Dios, y muestras de su bondad y perfección, y así le parece que todas ellas le están dando voces y pidiéndole el amor de tal Señor. Para este negocio es bien tener el hombre aparejadas algunas breves y devotas oraciones que traiga siempre en la boca de su ánima, con que pida á nuestro Señor ^este amor y se encienda más en él. Porque las palabras de Dios son como atizadores deste fuego celestial, de las cuales se pondrán algunas en el fin deste tratado, aunque para esto suelen ser más convenientes aquéllas que el mismo deseo y hambre desta gracia enseña á decir, mayormente cuando es grande. Porque (como dice muy bien S. Bernardo) la lengua del ánima es la devoción, y por eso cuando ella está devota, muy bien sabe alegar de su derecho y presentar sus necesidades á Dios. Mas para cuando no lo está, suele ser éste muy conveniente medio, como dice S. Augustín, el cual para este efecto dice que escribió el Manual, donde están muchas destas oraciones. Éste es pues el primer ejercicio que procede deste sancto deseo, el cual es muy encomendado por todos los que desta materia tratan, por ser uno de los principales medios que sirven para alcanzar la perfección desta virtud. Porque dado caso que haya otros muchos medios por donde ella crezca y se haga más perfecta, pero señaladamente cresce con sus proprios actos (que es con el ejercicio de amar á Dios) y tanto más, cuanto ellos son más fervorosos y vehementes. Porque así como más se hinca un clavo con una martillada grande que con muchas pequeñas, asi cresce mucho más la caridad con un acto generoso y vehemente que con muchos tibios y remisos. Los cuales aunque siendo multiplicados podrían acrescentar la caridad, mas por otra parte viene con el uso dellos el hombre á hacerse poco á poco tibio y remiso, con lo cual se va disponiendo á perder esa misma caridad, que es mucho para temer y considerar. Mas porque estos deseos y oraciones encendidas de que hablamos, ó son actos de caridad, ó muy propincuos á ella, de aquí nasce ser tanta parte para aprovechar en ella, y ser tan encomendados por todos los maestros desta mística teología.

Del recogimiento de los sentidos y muchedumbre
délos negocios. § II

Sabe también este devoto orador que para que la oración sea atenta y devota, es menester apartarse de la muchedumbre de los negocios no necesarios, y recoger también los sentidos, especialmente los ojos y los oídos, porque lo uno y lo otro ahoga el espíritu con la muchedumbre de los cuidados y con la diversidad de las cosas que por estos sentidos entran en nuestras ánimas. Por lo cual trabaja todo lo posible por encerrarse dentro de sí mismo, apartándose todo lo quebuenamente puede de los negocios no necesarios, y recogiendo los sentidos y potencias de su ánima, para que desta manera uñido consigo mismo, esté todo entero sin dividirse, para levantar paramente su corazón á Dios y emplearse todo en él. A lo cual nos convida S. Anselmo diciendo así: Ea pues, hombre miserable, huye un poco de tus ocupaciones, y escóndete de tus pensamientos inquietos, despide de ti los cuidados cargosos, y pon á un cabo los trabajosos distraimientos, y recoge tu corazón para vacar á Dios y reposar en él. Huye las ocupaciones de las obras exteriores, escóndete del desasosiego de tu imaginación, despide los cuidados de la razón, pon aparte los derramamientos de la voluntad, y apareja tu espíritu para vacará Dios. Mas mira que de tal manera hagas esto, que no hagan burla los enemigos de tus sábados, que es, del reposo de tu contemplación. Por tanto mira que de tal manera te has de dar á Dios, que no sólo le veas con el entendimiento, sino que también le gustes con la voluntad, porque desta manera fácilmente despreciarás todas las otras cosas por él. Porque ( como dice Ricardo ) no puede ninguno tener hastío de los bienes exteriores, si no ha gustado los interiores, ni tampoco gustará los interiores, sino apartándose poco á poco de los exteriores. Por tanto el varón devoto recoja su corazón de las cosas exteriores á las interiores, y de las interiores á las superiores, para que todo su trato y conversación sea con Dios, que es proprio de los que aspiran á la perfección.

De los ayunos, disciplinas y otras asperezas. § III

Sabe también que las oraciones acompañadas con ayunos, disciplinas y afliciones corporales son muy poderosas para alcanzar mucho ante Dios, como fueron las del profeta Daniel por esta causa, según que el mismo ángel se lo reveló. Porque (como dijo muy bien una persona religiosa) nada es lo que nada cuesta. Y por tanto, lo que mucho es, mucho nos ha de costar. Ni á la dignidad de los dones de Dios, ni á la seguridad del hombre conviene que se dé por poco precio lo que se ha de conservar con mucho recaudo. Por esto dice Eusebio Emiseno: No sabe conservar el beneficio el que no sabe desearlo, y peligro corre la gracia, cuando no se busca con diligencia. La razón y orden que Dios puso en las cosas, es que haya proporción entre la causa y el efecto, entre los medios y el ñn, y entre la forma y las disposiciones que le han de preceder. Y pues el fin y forma que pretendemos es tan excelente (porque por medio del amor de Dios alcanzamos al mismo Dios) ¿qué trabajo, qué diligencia habrá que sea grande, comparada con este fin? Responda pues la diligencia á la gracia, y concuerde el trabajo con el galardón. No quiere el Señor que se tengan en poco sus dones, y por eso, aunque algunas veces los dio á quien no los buscaba, y despertó á quien dormía (como lo hizo con S. Pablo y con algunos otros) pero generalmente hablando, no los da sino á quien los busca de verdad, y no los busca desta manera sino quien los busca con añición de cuerpo y de alma. Y pues la gracia que se pide, no es para el ánima sola, sino para todo el hombre, justo es que todo el hombre juntamente la procure, el ánima con deseos, y el cuerpo con afliciones, para que así sean participantes en el trabajo los que lo han de ser en el fructo. Entendiendo pues esto el deseoso del amor de Dios, comienza luego á ofrecerse alegremente á todo género de trabajos, de ayunos, de cilicios, de disciplinas, de vigilias, y de otras semejantes asperezas. Y de tal manera se deleita en esto, que anda en los trabajos sin trabajo, y en las fatigas sin fatiga, poi-que no mira á los trabajos sino al fructo, ni á las fatigas sino á la causa dellas, que es el amor de Dios, por lo cual no menos le parescen pequeños sus trabajos, que á Jacob los suyos por el amor de Raquel.

De las obras de misericordia. § IV

Entiende también que la llave de todo este negocio está en agradar á Dios y hacer su sancta voluntad. Porque (como dice el Profeta) los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos en las oraciones dellos . Porque condición es del Señor amar á quien le ama, oir á quien le oye, y hacer la voluntad de quien hace la suya. Considera pues que una de las obras que más agradan á este Señor, y que él más encarescidamente nos encomienda, es socorrer á los necesitados, servir á los enfermos, visitar á los afligidos, y ayudar á los que poco pueden, diciendo que él mismo es el que recibe este beneficio, y que á él se hace lo que se hace por él. Pues cuando esto considera, alégrase grandemente con la ocasión que por aquí se le da, de poder haber á las manos á su Señor en sus criaturas, y tiene por grandísima merced y providencia suya haber pobres en la tierra, pues en ellos está el Señor dellos, y por ellos se le abre camino para poder servir y acoger en su casa á quien es poderoso para hacerle tanto bien. Y con este presupuesto no sirve al pobre como á pobre, ni le mira como á tal, sino mírale como á aquél que representa, y con la misma alegría y devoción le sirve. Porque con los ojos de la fe que tiene, no mira la persona del pobre sino la palabra de aquél que dijo: Lo que hecistes á uno destos pequeñuelos hermanos míos, á mí lo hecistes Por dónde, así como los que andan en algún grande requerimiento con los reyes de la tierra, tienen por muy buena dicha que algún privado suyo, pasando de camino, venga á posar á su casa (pareciéndoles que con esta ayuda granjearán mejor su negocio) así también lo hacen éstos, cuando vienen á aportar á sus casas los pobres de Cristo, por cuyo medio esperan ser favorecidos en sus negocios delante del. Y aunque sean los que esto hacen personas pobres, nunca para hacer bien se hallan pobres, porque el deseo de dar los hace ricos, y así de aquí ó de allí siempre buscan algo que den. Porque así como dicen que al tahúr nunca le falta qué jugar (porque la gana que desto tiene, le hace sacar el dinero debajo la tierra) así al deseoso de hacer bien, por pobre que sea, nunca le falta con qué lo haga. Y cuando falta la hacienda, á lo menos no falta la persona: por dónde si no tiene qué dar, puede servir y trabajar, que á las veces importa más.


Del amor de la pobreza y de las persecuciones y menosprecios por Dios. § V

OYE también decir que la semejanza es causa de amor, y que una de las cosas que más agradan á Dios, y que más hace al hombre semejante á él, es padescer trabajos, persecuciones, injurias y pobrezas por su amor. Por lo cual, considerando él que toda la vida de Cristo fué un piélago de trabajos, de dolores, de pobrezas y persecuciones, viene á veces á tener tan gran deseo de todas estas cosas, que no desean tanto los hombres del mundo las riquezas y el descanso, cuanto éste desea el trabajo por amor de Dios. Conforme á lo cual leemos del bienaventurado Padre S. Francisco que mucho más deseaba él la pobreza que ningún avariento las riquezas, y del bienaventurado Sancto Domingo, que así deseaba el martirio como el ciervo desea las fuentes de las aguas. Y como si fuera poco un martirio para su deseo, deseaba para cada uno de sus miembros un martirio, para que así fuese más perfecto imitador de Cristo. Bien veo que esta perfección no es de todos, pero propónese á todos, para que con los ejemplos de cosas tan grandes nos animemos siquiera á cosas menores, mayormente considerando que cuanto más voluntaria mente tomáremos los trabajos, tanto nos serán más fáciles de llevar. Dicen del cocodrilo, animal fiero, que huye si le acometéis, y acomete si le huís. Pues tales son los trabajos y fatigas desta vida, que huyen y dejan de ser trabajos al que por amor de Dios los acomete y los busca, mas persiguen y fatigan al que los huye, porque la fatiga no está en la carga del trabajo, sino en la repugnancia de la voluntad. Pues con este mismo espíritu viene el siervo de Dios á despreciar lo que el mundo estima, y pisar lo que adora, que son honras, regalos y riquezas, y comienza á desear ser vituperado y despreciado por Cristo, y hasta que en algo desto se vea, no re posa ni tiene por fino su amor hasta que lo vea probado en la fragua de la tribulación. Huelga con la pobreza, aborrece la demasía, despide de sí toda superfluidad cuanto puede, y pésale por lo que no puede. Y en cualquier estado que viva, halla manera para seguir la pobreza, desechando siempre lo superñuo, y tomando puntualmente lo que á su estado es necesario. Dicen de los perros de Egipto que cuando beben del río Nilo, beben á tragos muy apriesa, corriendo por la ribera del, por temor de las serpientes y animales ponzoñosos que están debajo del agua. Pues desta manera usan los siervos de Dios de las cosas necesarias para la vida, tomándolas muy escasamente y muy de priesa, sin beber á boca llena, porque no se prendan sus corazones de la cobdicia y amor desordenado dellas.

De la paz del corazón y confianza en Dios. § VI

Ve también que por el mismo caso que se determina de dar libelo de repudio al mundo y morir á él, y que ni quiere adorar dioses ajenos, ni esperar socorro dellos (porque no quiere coger donde no siembra, ni recebir donde no da) considerando esto, y viendo por otra parte que la vida humana está subjecta á muchas necesidades y miserias, y que tiene necesidad de muchos cuentos y apoyos para sostenerse, para esto determina de poner todos sus presidios y esperanzas en aquél por cuyo amor lo deja todo, creyendo que él es tan bueno, tan fiel y tan cuidadoso de los suyos (según que todas las Escripturas testifican) que él solo le basta para todo lo que ha menester. Y haciendo ésto, no piensa que está desarmado ni que queda en el aire, antes se tiene por tanto más seguro, cuanto ve que por este medio ha cobrado mayor valedor. Y no recibe pequeño esfuerzo para esto leyendo los Psalmos y las otras Escrituras sagradas, en las cuales ve que apenas hay capítulo en que no esté Dios prometiendo favores y mercedes y providencias á todos aquéllos que en él esperan, no echándose por eso á dormir, ni dejando de trabajar y hacer lo que es de su parte, porque lo contrario sería tentar á Dios. Y con este arrimo se halla rico en la pobreza, contento en las necesidades, seguro entre los peligros, y pacífico en las contradiciones, diciendo con el Apóstol: Muy bien sé de quién me he fiado, el cual es poderoso para guardar el depósito que en sus manos tengo puesto. Y cuando se le ofrescen trabajos y dificultades, levanta sus ojos á los montes, de donde le ha de venir el socorro, porque sabe que no duerme ni se descuida el que es guarda de Israel, y por eso duerme él seguro, porque sabe que tiene sobre sí un tan solícito velador. Desta manera con la virtud de la esperanza consigue la paz del corazón, que es la más propria disposición que hay para la divina unión y contemplación: porque confiando en Dios en todas las cosas que se ofrecen, y creyendo que él le sacará el pie del lodo, no tiene por qué turbarse, ni congojarse, ni derramarse por toda la tierra de Egipto buscando pajas, y divertirse de las cosas que pertenecen á su amor. La cual paz no saben qué cosa es los malos, porque como no tienen esta manera de confianza viva en Dios, todas las cosas los desasosiegan y alteran y roban el corazón, porque como lo tienen puesto en ellas, todas las tormentas que padescen ellas, padesce su corazón.


DE LOS PRINCIPALES IMPEDIMENTOS DEL AMOR DE DIOS, Y PRIMERO DEL AMOR PROPRIO

CAPÍTULO V

ESTAS cosas que hasta aquí habemos dicho, nos ayudan para llegar á la perfección del amor de Dios. Mas no basta procurar las cosas que para esto nos ayudan, si no trabajamos por despedir también las que esto nos impiden. Entre las cuales la primera y más principal (de quien todas las otras proceden) es el amor proprio, esto es, el amor sensual y desordenado que tenemos á nuestro cuerpo. Cuya mortificación y victoria es tan necesaria para alcanzar el divino amor, que en el grado que venciéremos este amor, en ése alcanzaremos el otro, como al principio deste tratado se declaró. Donde dijimos que á la perfección de la caridad en esta vida pertenecía la perfecta mortificación y victoria de la concupiscencia (que es este mismo amor) porque ésta es (como dice S. Augu.stín) el veneno de la candad Y por esto, quien quisiere aprovechar en el amor de Dios, ha de tener siempre guerra con el amor proprio. Las causas desto son muchas, y es menester entenderlas para que más claro veamos lo que en esto nos va. Para lo cual es de saber que (como dice muy bien un filósofo) el que de verdad ama, no puede perfectamente amar más que una sola cosa, porque la capacidad del corazón humano es tan pequeña, que empleándose del todo en una cosa, apenas le queda caudal para otra. Por dónde así como una misma tierra no puede llevar muchas simientes juntas, así tampoco ni un corazón muchos amores, especialmente cuando son contrarios. Pues ¿qué cosa más contraria que amor proprio y amor de Dios? Porque el amor proprio todo lo quiere para sí, y todas las cosas ordena á sí, y á sí hace último fin de todo. Mas por el contrario, el amor de Dios todo lo ordena para Dios, y á sí mismo niega y crucifica por él. Pues así como estos fines son contrarios, así todas las otras afecciones y obras que de aquí proceden, lo son: y por esto imposible es caber ambos en un corazón. Porque ¿cómo se compadecerán en uno amor d.- Dios y amor de mundo, amor de tierra y amor de cielo, amor de carne y amor de espíritu, amor proprio y amor divino? ¿Cóm > se juntarán en uno la verdad con la vanidad, las cosas témpora les con las eternas, las altas con las bajas, las dulces con las amargas, las quietas con las inquietas, y las espirituales con las carnales? Por lo cual dice muy bien S. Juan Clímaco que así como es imposible con un mismo ojo mirar al cielo y á la tierra, así lo es con un mismo corazón amar las cosas celestiales y las terrenales. Entendieron muy bien esto algunos grandes filósofos. Y para significarlo, imaginaron que este mundo estaba repartido en dos partes, en la una de las cuales estaban las cosas eternas, y en la otra las temporales, y que en medio de las tinas y de las otras estaba el hombre como en el horizonte de entrambas, que es, en medio del tiempo y de la eternidad. Porque por la parte que tiene cuerpo corruptible, pertenece á las cosas temporales, y por la que tiene ánima incorruptible, pertenesce á las eternas. Y presuponiendo esta consideración, decían que así como el que está sobre este horizonte (que es, sobre este medio mundo) no puede ver las cosas que están en el otro medio, contrario á éste, ni los que están en el otro pueden ver las déste, así el hombre que está dentro deste horizonte del tiempo, no puede ver las cosas de la eternidad, y el que está todo ocupado en las cosas de la eternidad, no tiene ojos para ver las cosas del tiempo. De dónde nasce andar los hombres espirituales tan ocupados en Dios y tan olvidados del mundo, y por el contrario los sensuales tan metidos en el mundo y tan olvidados de Dios: porque los unos están en el medio mundo del tiempo, y los otros en el otro medio de la eternidad. Pues como nuestra ánima esté puesta entre estos dos extremos tan diferentes, como son eternidad y tiempo, criaturas y Criador, dice S. Augustín que convertiéndose al Criador, queda clarificada y deificada en él: mas convertiéndose á las criaturas, queda escurecida, descolorida y menoscabada con ellas. Imaginaba este sancto doctor que así como una cosa que está entre almizcle y cieno, si se junta con el almicle, huele á almizcle, y si con el cieno, huele á cieno, así el ánima que está puesta entre Dios y las criaturas, viene á hacerse tal, cual es la parte con que se junta. Lo cual también confirma el Apóstol cuando dice: El que se llega á la mala mujer, un mismo cuerpo se hace con ella, mas el que se llega á Dios, un espíritu se hace con él. Mas no sólo impide este amor proprio al divino por esta vía (que es, por tener los fines y los medios tan contrarios) sino también por otras muchas vías. Porque demás de ser este amor causa general de todos los pecados y impedimento de todas las virtudes (que son dos males tan grandes y tan contrarios al amor de Dios) impide también porque ocupa todo el tiempo en buscar todo lo que sirve al provecho y gusto del cuerpo. Porque asi como el pesce y el pájaro y el animal bruto en ninguna otra cosa entienden toda la vida sino en buscar su vida, porque no tienen capacidad para otra cosa mayor, así los amadores de sí mismos, como no tienen cuenta con la otra vida sino con ésta, ni precian otra cosa sino lo que á ella pertenece, así en ninguna otra se ocupan sino en ésta, por lo cual siempre les falta tiempo para los ejercicios que pide el amor de Dios, que son, leer, orar, meditar, confesar, comulgar, y servir á todas las cosas que pide la caridad. Y no menos impide con los desasosiegos y cuidados que traen consigo estas mismas ocupaciones. Porque nunca se granjean los negocios, ni aun los descansos, sin cuidados, con que el ánima se despedaza y congoja, y así pierde la paz, la libertad y la pureza del corazón, que es el lecho florido y blando en que reposa el verdadero Salomón. Desta manera impiden las malas plantas á las buenas, ahogándolas para que no crezcan, como lo representó Cristo en aquella parábola del sembrador, donde dice que la buena simiente que cayó entre las espinas, así como salió á luz, las espinas que nascieron, la ahogaron. Y éstas dice él que son los cuidados y congojas temporales, las cuales trae consigo este mal amor. Impide también con su regalo, porque los grandes amadores de sí mismos son muy regalados y amigos de pasatiempos y deleites, porque aunque no alaban por palabras la sentencia de Epicuro (que ponía la felicidad en deleites) alábanla con las obras, pues toda la vida gastan en ellos. Y por esto siempre andan buscando algún refresco de placeres y recreaciones, ya en músicas. ya en cazas, ya en fiestas, ya en risas y conversaciones y pláticas alegres, y en otras ferias semejantes: aborrescen la soledad, huyen el recogimiento, son amigos de su vientre, y enemigos de la cruz, esles muy pesado el silencio, y la lición, y mucho más la oración. Los que tal corazón tienen, ¿qué habilidad les queda para los ejercicios del amor de Dios? Porque no es ésta empresa de corazones regalados y mujeriles, sino de grandes varones y de ánimos esforzados. Aquella mujer fuerte, tan alabada de Salomón, extendió su mano á cosas fuertes, y ciñió sus lomos con fortaleza, y fortaleció también sus brazos para haber de trabajar. Mas éstos por el contrario rehusan vestir las armas, y embrazar el escudo, y hacer rostro á los trabajos. Finalmente, no hay dos cosas más contrarias que el amor del regalo y el amor del trabajo. Y pues el amor de Dios se alcanza con trabajos, ¿cómo lo alcanzará aquél cuya vida es toda regalo? Pues el siervo de Dios, que entiende muy bien la verdad desta filosofía, luego pone haldas en cinta, y comienza á tomar las armas contra sí mismo, y á militar debajo de aquella real bandera y de aquel noble alférez, que dice: Si alguno quisiere venir en pos de mí, niegue á sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Y si quieres saber cuál sea esta cruz, dígote que no es otra que aquélla que dijo el Apóstol: Los que son de Cristo, crucificaron su propria carne con todos sus vicios y cobdicias. Ni es otra cosa negar á sí mismo sino contradecir á todas sus afecciones y malas inclinaciones y proprias voluntades, cuando son contrarias á la de Dios, porque esto es negar á sí 5′ no tener ley consigo, por tenerla con el mismo Dios.

De la mortificación de la propria voluntad. § II

El segundo y muy principal impedimento de la caridad es la propria voluntad sensual, la cual dice S. Bernardo que es fuente de todos los pecados, que son los mayores contrarios que tiene la caridad. Y demás desto no se puede perfectamente cumplir la voluntad divina, si no se renuncia la humana, que le suele ser contraria. Pues como esto entiende el amador de Dios, determina de hacerse un espiritual Nazareo (que quiere decir hombre dedicado á Dios) y esto no por tiempo limitado de cierto número de días, sino por toda la vida, para que de ahí adelante no viva más para sí sino para Dios, ni tenga más cuenta consigo sino con Dios, que es aquella muerte espiritual que tantas veces encomienda el Apóstol diciendo que estemos muertos al mundo y vivamos á solo Dios. Cuya figura eran aquellos sacrificios de la ley que se llamaban holocaustos, en los cuales todo el animal entero ardía y se sacrificaba á Dios. Tales son pues todos aquéllos que de tal manera consagraron á Dios sus cuerpos y ánimas y proprias voluntades, que ninguna cosa reservaron para sí, porque todo lo sacrificaron al Criador. De suerte que así como un cáliz ó unos corporales después de consagrados no pueden servir en usos profanos, así él también desea en su manera estar tan dedicado á Dios, que no se divierta á otros negocios extraños que le aparten del. Y por esto se determina de no ser ya más suyo ni de nadie, sino de Dios, ni pretender ni buscar más á sí, sino á él, ni tener ya más cuenta ni con su voluntad, ni con sus apetitos, ni con su contentamiento, ni con el decir del mundo, sino con solo el beneplácito y contentamiento de Dios, estimando por un linaje de hurto espiritual ocuparse en algo que no sea para él, pues ya todo se desposeyó de sí y se consagró á él.

Y si á alguno pareciere que pedimos aquí mucho, y que es muy alta esta filosofía, acuérdese que llegamos ya al cabo de la jornada, y que tratamos aquí de la vida perfecta, la cual puede muy bien llegar á este grado. Y por tanto nadie se debe quejar de que le enseñemos el camino, pues no le obligamos á andarlo.

Del evitar todo género de pecados. § III

LA causa por que condenamos tanto el amor proprio y la pro- pria voluntad, es por ser éstas las principales raíces y fuentes de todos los pecados: por dónde mucho mayor ojeriza habernos de tener con los mismos pecados, que con las causas dellos, las cuales no serían vituperables sino por razón destos malos efectos que producen. Pues según esto, el que anda en busca del amor de Dios, acuérdese que está escrito; Los que amáis á Dios, aborreced el pecado, pues no hay cosa más contraria á este amor que él. Porque si es mortal, del todo apaga la caridad, y si venial, apaga el fervor de la caridad y dispone para apagar la misma caridad. El uno es como muerte, el otro como dolencia que dispone para la muerte. El uno es como llegar al árbol á ponerle fuego, el otro como quitarle el riego, con lo cual queda triste y marchito y no tan hábil para fructificar. Y allende desto considere el hombre que el que busca el amor de Dios, pretende hacer su ánima casa y silla de Dios: y sabemos que á la casa de Dios conviene sanctidad, y que el juicio y la justicia son el aparejo de la silla de Dios, como dice el Profeta. Pues ¿qué es sanctidad sino limpieza de consciencia, y qué juijuicio y justicia, sino examinar el hombre diligentemente su vida, y velar sobre la guarda de su ánima, para no hacer cosa que sea contra las leyes de justicia? Éste es pues el principal aparejo de la silla y casa de Dios, porque (como dice S. Augustín) tan limpio Señor en muy limpia casa ha de ser aposentado. Sea pues todo nuestro cuidado trabajar por conservar en todo esta pureza» Así leemos de una sancta ánima que traía tanta cuenta con esto, que muchas veces repetía esta palabra, pureza, pureza. Porque sabía muy bien que estaba escrito: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ésos verán á Dios. Debe pues andar el hombre con un perpetuo y diligentísimo cuidado, mirando siempre dónde pone los pies de su ánima, para que no se le ensucien. Y digo perpetuo, porque muchos hay que dan una arremetida por un poco de espacio, y luego aflojan, los cuales á tiempos miran por sí, mas no continúan este cuidado. Porque como en esto hay especial dificultad, es menester para ello especial estudio y recaudo. Para lo cual aunque generalmente deba el hombre velarse y atalayarse por todas partes, y andar con un sancto temor y solicitud en todos sus pasos (como quien anda entre enemigos) mas particularmente debe mirar por su corazón y por su lengua, esto es, por sus pensamientos y palabras, porque éstos son los dos principales puertos donde se embarcan todos los pecados: los cuales quien diligentemente guardare, conservará su ánima en mucha pureza. Porque del uno dice Salomón: Con toda guarda vela sobre tu corazón, porque del procede la vida. Mas de lo otro dice él mismo en otro lugar: El que guarda su boca y su lengua, de angustias guarda su ánima.

Recapitulación de todo lo dicho. § IV

De lo dicho parece claro que las dos principales cosas que sirven para alcanzar esta divina unión que se hace por amor, son la oración y la mortificación, porque la mortificación despide del hombre todo lo que es contrario á Dios, y la oración junta al hombre con Dios, y así le hace semejante á él. Porque así como el principal medio que hay para hacer del hierro fuego, es juntarlo con el fuego, así uno de los principales medios que sirven para transformar el hombre en Dios por participación de su mismo espíritu, es traer siempre el corazón unido con él. Y por esta causa en el libro de los Cantares señaladamente se hace mención destas dos virtudes, porque éstas son las que más principalmente levantan el hombre á esta dignidad. De la cual maravillados hasta los mismos ángeles, preguntan diciendo: ¿Quién es ésta que sube del desierto como una vara de humo que sale de mirra y encienso y de todos los otros polvos olorosos? Dónde haciendo en común mención de todos los polvos olorosos, significa toda la universidad de las virtudes que para esta subida se requieren: mas haciendo especial memoria de la mirra y del encienso, que son mortificación y oración, da entender que estas dos virtudes señaladamente ayudan á esta transformación, porque la una mortifica todo lo que hay en el hombre contrario á Dios, y la otra, ayuntándolo con él, le hace un espíritu con él. En las cuales virtudes se debe el hombre ejercitar juntamente, pidiendo siempre al Señor su gracia, y trabajando en esta conquista, porque ni basta pedir, si no trabajamos, ni podremos durar en el trabajo, si no pedimos. Recapitulando pues en suma todo lo pasado, digo que podremos en alguna manera comparar todo el discurso desta subida á un árbol perfecto, cuya raíz es aquel primer gusto y conoscimiento experimental de la dulzura y hermosura inestimable asi ‘ del amor de Dios como del mismo Dios, porque esta luz es el principio de todo. El tronco que sube desta raíz, es aquel ardentísimo y encendidísimo deseo y cuidado de alcanzar este bien tan estimado. Las ramas son todas las otras virtudes y diligencias sobredichas que deste deseo proceden. Mas el fructo es la perfección de la caridad y la divina unión, que es el fin de toda esta jornada. Que esto proceda por esta orden, claramente se muestra en el libro de la Sabiduría, presuponiendo primero que la sabiduría de que en este libro se trata, es cuasi la misma caridad de que aquí tratamos: sino que la caridad dice principalmente acto de voluntad y presupone el del entendimiento, pero esta sabiduría dice acto de entendimiento, mas está acompañado con el amor y gusto de la voluntad. Mira pues cómo este Sabio comienza en el capítulo VI y VII á alabar la sabiduría y decir maravillas della, para incitarnos con esta luz y información al deseo de cosa tan excelente. Y así dice luego que con esto se encendió en su corazón un grandísimo deseo della, tanto que viene á decir esta, palabras: Á esta sabiduría amé yo, y busqué dende mi juventud, y procuré tomarla por esposa, y quedé enamorado de su hermo sura. Y en otro lugar: Amela (dice él) más que á la salud y que á toda hermosura, y determiné tomarla por luz y por guía de mi vida. ¿Ves pues cuánto encaresce aquí la grandeza del deseo con que deseaba este tesoro? Pues deste deseo nació la diligencia que luego puso en buscarlo, usando de todos los medios que para esto se requerían. Y así añade luego y dice: Pensando estas cosas en mi corazón, rodeaba por todas partes, buscando manera para poseer este tan grande bien. Mira cómo dice, rodeaba, para que entiendas la solicitud y diligencia de su inquisición, y la diversidad de los medios por donde lo buscaba, dando á entender que así como los que tienen puesto cerco sobre una gran fuerza, la rodean y cercan por todas partes para ver por dónde me]or la entrarán, así el ánima deseosa deste bien anda siempre con dili gentísima solicitud y cuidado considerando por qué medios lo alcanzará. Y porque entre todos estos medios uno de los más principales es la oración (porque como ésta sea dádiva de Dios, por este medio señaladamente se ha de negociar) acógese luego á este sancto ejercicio, y así comienza luego á decir: Señor Dios de mis padres, dame aquella sabiduría que asiste á tu silla, pues es cierto que si alguno fuere perfecto entre los hijos de los hombres, y careciere de tu sabiduría, en nada será tenido. Y lo uno y lo otro (esto es, el deseo y la oración) ayuntó en uno más claramente, cuando dijo: Deseé, y fuéme dado sentido: hice oración, y vino en mí el espíritu de la sabiduría, &c. ¿Ves pues cómo del conoscimiento nasció el deseo, y del deseo la oración y todos los otros medios por do se alcanza este bien? Éstas pues son las partes principales deste árbol de vida, y éstos los pasos contados por do se sube á la perfección de la caridad.


DE ALGUNOS AVISOS NECESARIOS PARA LOS QUE BUSCAN EL AMOR DE DIOS, Y PRIMERO DEL HUMILDE CONOSCIMIENTO DE Sí MISMO

CAPÍTULO VI

DEMÁs de lo dicho será necesario proveer de algunos avisos importantes para los que van por este camino. Entre los cuales el primero sea que el prudente mercader del Evangelio, que anda en busca desta perla preciosísima con determinación de dar cuanto le pidieren por ella, esté persuadido que no basta para ello todo su caudal y industria y todo cuanto pueda poner de su casa, si no es muy especialmente ayudado por la gracia y misericordia divina. Porque (como dice el Profeta) si el Señor no edificare la cibdad, en vano trabaja el que la edifica, y si él no la guardare, en vano vela el que la guarda. Pues si esto tiene verdad, aun en los bienes que llaman de fortuna, ¿qué será en los bienes de gracia, que tanto más penden de la voluntad divina? Entienda pues el hombre que solo este Señor es el distribuidor destos bienes y el repartidor desta hacienda, él esconde la luz en sus manos, y la manda tornar á nascer cuando á él le place, y por tanto, en él ha de poner toda su esperanza, pues esta dádiva es toda suya. Entienda luego que así como toda la claridad que tiene la luna, de tal manera procede del sol, que con su vista la clarifica, y en dejándola de mirar, la deja de esclarecer, así también toda la claridad y hermosura espiritual de nuestra ánima procede de Dios de tal modo que en el punto que él la dejare de mirar, dejará ella de ser. Si no díganlo David y Salomón, padre y hijo, sanctísimos varones, los cuales en el punto que este Sol de justicia desvió un poco sus ojos dellos, el uno tomó la mujer ajena, y el otro adoró los dioses ajenos. Conozca pues el hombre lo que tantas veces nos repiten las Escripturas divinas, que así como la masa del barro está en las manos del ollero, así nosotros en las manos de Dios. Por tanto, conviene que nos humillemos debajo desta mano poderosa, para que él nos levante en el día de la visitación. Derribémonos húmilmente á sus pies, conozcamos nuestra pobreza, entendamos que somos concebidos en pecado, que somos de nuestra parte pesados para todo lo bueno, que somos hijos de padres desnudos, y que este Señor es el que fácimente puede, si quiere, enriquecer y vestir al pobre. Este humilde conoscimiento de nosotros mismos es el principio y fundamento de la humildad, y ésta lo es de todas las virtudes, y señaladamente de la caridad. Todas las aguas de los montes generalmente corren á los valles, y todas las gracias divinas á los corazones humildes, porque (como dice el Apóstol) Dios resiste á los soberbios, y á los humildes da su gracia. Por tanto, desconfiado el hombre de sí mismo, convierta todo su espíritu y todos sus pensamientos y esperanzas á Dios: en él estribe, en él confíe, á él llame, sobre él descanse, á él importune, en él se gloríe, y sobre esta piedra firme asiente la fábrica de su edificio. ¿Quién hay (dice el Profeta) entre vosotros que tema á Dios, y oya la voz de su siervo? ¿Quién anduvo en tinieblas, y no tiene lumbre para andar? Quienquiera que éste sea (si desea remedio) espere en el nombre del Señor, y estribe sobre su Dios. Pues sobre esta firme columna debe el hombre estribar, y no sobre el báculo quebradizo de Faraón, que son el poder y fuerzas de la carne.

Del temor de Dios. § I

ESTA humildad y confianza debemos acompañar con un sanc to y religioso temor, el cual nazca deste mismo principio, que es, de considerar el hombre cuan desnudo y miserable, cuan pobre, cuan deleznable y cuan resbaladizo es de sí mismo, y cuan colgado debe estar de Dios, si quiere no caer. Por eso dijo el Apóstol: Con temor y temblor obrad vuestra salud, acordándoos que así el comenzar como el acabar pende de la voluntad de Dios. Como si más claramente dijera: Andad siempre temblando y mirando no ofendáis los ojos de aquel Señor, de quien estáis tan colgados, pues la suma de todos vuestros bienes pende del. Mirad cuál estaría un hombre si viese que otro le tenía colgado de una cuerda en una torre altísima (de donde si cayese, iría á dar consigo en algún despeñadero) este tal ¡cuan temoroso estaría, cuan cortés y obediente al que así le tuviese colgado, y cuan lejos de hacer ni decir cosa con que le diese motivo de enojo! Pues desta manera ha de mirar el hombre á Dios, que le tiene como colgado de un hilo, que es, de su paternal providencia. Y con este mismo recelo ha de andar siempre temblando por no otender los ojos de aquél que tanto mal y bien le puede hacer, si los apartare del. Y no sólo debe este temor acompañarle en todas las obras que hiciere, y en toda la vida, mas también en los mismos ejercicios de devoción que trata, en los cuales cuanto más devoto se hallare, y más favorecido y regalado del Señor, tanto ha de estar allí más humilde, más encogido, más vergonzoso y más temeroso, considerando la grandeza de la Majestad ante quien está y con quien trata, imitando la devoción del bienaventurado S. Augustín, el cual había aprendido (como él mismo dice) á alegrarse delante de Dios con temblor.

De la pureza de intención en sus ejercicios. § II

SOBRE todo esto conviene mucho que el hombre mire la in- tención que tiene en estos sanctos ejercicios. Porque como algunas veces visite nuestro Señor á los suyos con grandes consolaciones, y les haga sentir la abundancia de su maravillosa suavidad, de aquí nasce que el amor proprio (que naturalmante es amicísimo de todo género de deleite) cebado con el gusto deste pan celestial, viene á hacer por él todo cuanto sabe que para ello se requiere, no pretendiendo en esto más que su gusto y propria consolación, como lo haría en otra cualquier mercaduría que tan bien le supiese. Lo cual bien mirado, no es buscar á Dios, sino buscar á sí so color de Dios, y trabajar para su descanso, y ayunar para su giasto, y hacer más por los dones que por el dador, y finalmente, usar mal de los beneficios divinos, pues de los medios hacemos fin, y de lo que nos dio para servirle, tomamos ocasión para dejarle. ¿Qué sentiríades de un hombre á quien diésedes de comer y dineros para ir un camino, y él, después de almorzado y tomado el dinero, se fuese á pasear y os dejase en blanco? Pues esto mismo hacen en su manera los que recibiendo del Señor estos favores para que les sirvan de despertadores para la virtud y de incentivos para su amor, se alzan á mayores con ellos, tomándolos para descansar puramente en ellos, y no para ir por ellos á él. T.o cual muchas veces se hace tan de callada, que el mismo que padece este engaño, no lo entiende, porque viendo la buena obra que hace por de fuera, parécele que tal debe ser la intención de dentro. Y no es así, porque la naturaleza del amor proprio es muy subtil y por doquiera se cuela sin que lo sintamos. Desto pues debe tener grandes celos el verdadero amador de Dios, rectificando su intención y procurando buscar puramente á Dios por el mismo Dios, con la mayor sinceridad y pureza que le sea posible. Y tenga por cierto que la más cierta señal que tenemos para hallarle, es buscarle desta manera. Lo cual confirma S. Bernardo por estas palabras: Si no queremos buscar de balde al Señor, busquémosle de verdad, busquémosle con perseveran cia, y no busquemos por él otra cosa, ni con él otra, ni dejemos á él por otra Y desta manera más fácil cosa será caerse el cielo y la tierra, que no hallar el que así busca, no recibir el que así pide, y no abrirse al que así llama. Y si qui-sieres saber más en particular los intentos y fin que en estos ejercicios has de tener, el fin es guardar los mandamientos de Dios, cumplir su voluntad, negar la propria, desterrar de casa el amor proprio, introducir el amor divino, mortificar los apetitos sensuales, aprovechar en el ejercicio de las virtudes, procurar de trabajar más que todos, y ser en su pensamiento el menor de todos, y finalmente (pues la sospecha toda deste mal nace del amor proprio) hacer en todo guerra á este amor, y usar para esto de todos los favores y consolaciones de Dios: y desta manera lícito y sancto es desear y procurar estas consolaciones, mas de otra manera corre el peligro que habemos declarado. Pero sobre todo esto, el que quisiere usar debidamente destas consolaciones, ha de estar tan aparejado para carecer dellas como para gozarlas, resignándose húmilmente en las manos del Señor, y tomando dellas con hacimiento de gracias todo lo que él quisiere dar, pues él nos ama más que nosotros nos amamos, y sabe mejor lo que nos cumple, que nosotros lo sabemos, y tiene más gana de dar que nosotros de recibir. Éste es uno de los más sustanciales puntos desta doctrina.

De la discreción en estos ejercicios. § III

También conviene tener discreción y templanza así en el ri- gor de las asperezas corporales como en el uso de los ejercicios espirituales. Porque algunos hay, á quien comunica el Señor sus dones con mucha largueza, los cuales después de gustada esta suavidad celestial, de tal manera se entregan á ella y á todos los otros ejercicios y medios por do se alcanza, que muchas veces se olvidan de comer su pan: quiero decir, de acudir á la flaqueza natural y tomar el mantenimiento y sueño, con lo demás que para esto se requiere. Con lo cual vienen poco á poco á estragar la salud y quedar tales que ni prestan para esto mismo ni para otra cosa de trabajo. Pues los tales deben tener en esto tierto y discreción, para que de tal manera usen de las mercedes de Dios, que no se pongan á tentar á Dios, queriendo que él miraculosamente conserve lo que ellos por otros medios lícitos pueden conservar. Los que van por la mar muchas veces corren peligro no sólo con el mal tiempo, sino también con el bueno, cuando es demasiado: y así á muchos puede ser ocasión de caída su misma prosperidad, si no saben usar della con temor 3′ discreción. Muy loable es el fervor del espíritu y la diligencia, madre de todas las cosas buenas: pero la demasía en cualquier materia es peligrosa. Coma pues el hombre este pan por tasa, y beba desta fuente celestial por medida, considerando que también puede haber su manera de gula y demasía en los manjares espirituales como en los corporales. Esto se dice por aquéllos á quien esta gracia se comunica á manos llenas, no para aquéllos á quien se da gota á gota y como destilada. Y no sólo para esto, mas para otras muchas cosas es necesaria esta discreción, y particularmente para encubrir el hombre (cuanto buenamente pudiere) sus ejercicios y propósitos virtuosos, antes (como dice S. Bernardo) con mayor cuidado trabaje por encubrir las virtudes que los vicios, ó por el peligro de la vanagloria (que es muy general, muy dañoso y muy oculto) ó por excusar juicios y contradiciones del mundo, que siempre fué enemigo de la verdad, y agora paresce que ha llegado á tal estado, que ó no querría que hubiese virtud, ó que de tal manera la hobiese, que no se pudiese ver, porque con la vista sola della se ofende.




De la perseverancia y continuación en los buenos ejercicios.
§ IV

EL postrer aviso sea acerca de la perseverancia que en estos sanctos ejercicios se requiere, si queremos llegar al fin de seado. Porque aquí pretendemos dos cosas las más arduas y sobrenaturales que hay en el mundo: la una es, desterrar de nuestra ánima el amor proprio con todo su ejército, y la otra, introducir clamor divino, que es destruir todo el reino del pecado original con que el hombre nasce, y introducir el reino de Dios, que viene de fuera. Lo cual es dar batería á la misma naturaleza corrupta, que es la cosa más inexpugnable que hay en el mundo. Porque la fuerza de las inclinaciones naturales es tan grande, que aunque las despidáis de vos á fuerza de brazos, luego se tornan á vos. Tienen sus raíces en nuestros mismos humores, y por eso aunque les cortéis todas las ramas, fácilmente tornan á brotar. Son como el perro hambriento y goloso, que aunque le echéis á palos de casa, por una puerta sale, y por otra se vuelve á entrar. Vemos que una piedra dura, la cual después de gastada con el calor del fuego la frialdad natural, se hizo cal, mudada ya en otra naturaleza diferente, y perdido juntamente con la especie su proprio nombre, con todo esto, amasándose con un poco de arena, luego torna á su antigua dureza y á su primer natural, porque veas cuan poderosa es la naturaleza en todas las cosas. Pues no es menos poderosa la naturaleza del amor proprio, antes ésta es la primera y la mayor de todas nuestras naturales inclinaciones, y por esto grande gracia y grande diligencia es menester para vencerla. Mas con todo esto ninguna cosa hay en el mundo tan ardua, á que no dé cabo la perseverancia porfiada, ayudada con la gracia divina. ¡Qué edificios tan grandes se acaban poco á poco, añadiendo una piedra á otra piedra! ¡Qué caminos tan largos finalmente se acaban de andar, midiéndolos á pies! Y el cantero que quiere cavar una gran pila de agua en una piedra mármol, aunque no saque de cada golpe con el escoda más que una cabeza de alfiler, después de pocos días perseverando sale con su obra al cabo. Pues si tanto puede la perseverancia sin la gracia, ¿cuánto más podrá ayudada con ella? Por tanto, persevere el hombre en esta jornada tan gloriosa, y continúe siempre sus buenos propósitos y ejercicios, ora con devoción, ora sin ella, porque en cabo de pocos días verá el fructo de sus trabajos, y cobrará más aliento para perseverar en ellos. Y sepa que así como es más fácil cosa peinar los cabellos cada día, cuando el peine entra y sale por ellos sin dificultad, que de tarde en tarde, cuando más se repelan que se peinan, así es más fácil continuar los buenos ejercicios que interpolarlos, porque después que el corazón humano se habitúa á andar devoto y ocupado en Dios, la costumbre viene poco á poco á hacerse cuasi naturaleza, y á tomar deleite en lo que antes tenía dificultad. Y si los negocios, enfermedades de cuerpo, ó sequedades de espíritu le molestaren y sacaren deste curso, torne luego acabada la ocasión á proseguir su camino, y no desmaye por contradicio nes que le vengan, acordándose que lo ha con aquel Señor que es un abismo de piedad, y que conosce muy bien nuestra flaqueza, y que no se puede negar á quien le busca, aunque muchas veces se pierda de vista.

De las principales señales de nuestro aprovechamiento, § V

ESTO baste por agora para luz y aviso de los que caminan á la perfección de la caridad, aunque la materia es tan copiosa, que pedía mucho más, si el título y brevedad del Memorial diera licencia para ello. Y si alguno de los que andan por este camino, desea entender si ha aprovechado, las principales señales que aquí le podremos dar (entre otras muchas) son cuatro. La primera es si toma tanto gusto y sabor en las cosas de Dios (mayormente en la comunicación con él) que no sólo en el tiempo y ejercicio de la oración, sino en todo tiempo y ejercicio, por la mayor parte trae el corazón puesto en él con una humilde y amorosa atención, de tal manera que no se halla ni anda con gusto cuando está fuera deste recogimiento. Porque esto es proprio deste amor, que se llama unitivo, como arriba se declaró. Tal era el amor de aquella virgen, de quien canta la Iglesia que días y noches no cesaba de los coloquios divinos y del ejercicio de la oración. La segunda señal es un fervor y deseo vivo de afligir y maltratar su cuerpo con ayunos, cilicios, vigilias, disciplinas y otras asperezas corporales por amor de Dios. Porque éste es argumento que prevalece ya el amor divino contra el amor proprio: de dónde nace este deseo de afligir y maltratar su cuerpo, del cual ordinariamente carecen los grandes amadores de sí mismos, porque no pueden acabar consigo de maltratar á quien mucho aman. Mas por el contrario vemos que todos los sanctos generalmente fueron extremados en estos rigores y asperezas y en el maltratamiento de sus cuerpos, á lo menos los que tuvieron edad y fuerzas para esto, como los que estaban tan lejos del amor proprio, que habían pasado ya al odio sancto de sí mismos. La tercera señal es un gran fervor y caridad para con los prójimos, y grande estudio y diligencia en ayudarlos y socorrerlos en sus trabajos con entrañas de amor y con sana y sencilla voluntad, y con palabras y obras extraordinarias, de las que comúnmente suele haber entre los otros hombres, de tal modo que el que esto viere, pueda decir con los magos de Faraón: El dedo de Dios está aquí: porque tal manera de ánimo y tratamiento no se halla entre los hombres, ni es proprio de carne y de sangre, sino del espíritu de Dios, cuyo olor se comienza ya á sentir aquí. Y que ésta sea señal de la perfección de la caridad, está claro, porque no puede crescer el amor de Dios sin que también crezca el del prójimo, pues ambos son actos de un mismo hábito, como dos ramas que proceden de una misma raíz: por dónde, si por haber crescido la raíz, cresce la una, necesariamente ha de crecer la otra: y si desta manera ha crecido, no puede dejar de manifestarse el crescimiento por el fructo. La cuarta señal es un entrañable deseo de padescer trabajos, pobrezas, persecuciones, vituperios y desprecios por amor de Dios, y aun de derramar sangre por él. Porque como en la caridad haya muchos grados, unos mayores y otros menores, aquél parece más alto, que llega á poner vida, honra y hacienda alegremente por amor de Dios: porque como estas tres cosas sean los principales objetos á donde tira el amor proprio, cuando el hombre viene no sólo á sufrir la pérdida destas cosas con paciencia, sino á desearlas con grande ansia, señal es que ya el amor proprio está rendido y que reina poderosamente el amor de Dios, pues así pasa y rompe sin contradición por los ídolos del proprio amor. Estas cuatro son las principales señales de la perfección y fineza de la caridad. Las cuales experimentan muchos en sí al principio de su noviciado ó conversión, mayormente aquéllos que misericordiosamente son prevenidos del Señor con abundancia de lágrimas y bendiciones de dulcedumbre, la cual les acarrea estos y otros muchos bienes: mas con todo esto, muy pocos son los que saben poner cobro en este tesoro, perseverando fielmente hasta la fin en lo comenzado . Porque después destos tan prósperos principios vienen muchas veces á aflojar en sus buenos ejercicios, ó por su propria negligencia, ó por alguna secreta soberbia, ó por entremeterse en demasiadas ocupaciones, con que ahogan el espíritu, y otras veces por enfermedades largas, después de las cuales no vuelven con el fervor acostumbrado á lo que solían: y otras veces por darse demasiada y indiscretamente á la ambición del saber, dejando por otra parte los ejercicios de devoción, por lo cual no es maravilla secárseles el corazón, pues se olvidaron de comer su pan. Por tanto, el que allí llegare, traya siempre en su ánima aquellas palabras de S. Juan, que dicen: Ten lo que tienes, porque no se dé á otro tu corona. Los que esto hicieren, irán cada día aprovechando de virtud en virtud, hasta llegar á la perfección, donde gozarán de aquellos tesoros que ni ojo vio, ni oído oyó, ni en corazón humano pueden caber. Mas los que así no lo hacen, demás de perder lo recebido, vienen á parar en una perpetua sequedad de espíritu, y lloran cuando se acuerdan de lo que perdieron: y cuando quieren volver á ello, no aciertan con la puerta, porque éste es el pago que por justo juicio de Dios merecen los que no supieron poner cobro en sus mercedes: y muchos hay que después de todos estos favores vienen á parar en mayores males, que es una triste señal de reprobación, según aquello del Eclesiástico que dice: Al que se pasa de la justicia á la maldad. Dios lo tiene aparejado para el cuchillo.


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